«O un cínico o un chisgarabis». Sabatinas intempestivas. Gregorio Morán. generisk viagra sverige La Vanguardia

o cinico

«Siempre que salíamos del colegio a mediodía y era jueves y no llovía, solíamos acercarnos a la plaza del Fontán, centro tradicional del antiguo mercado de Oviedo. Era “día de charlatanes”. Todo un mundo, aunque sólo fueran tres los protagonistas y cada uno formara su círculo de apasionados oyentes. Había quien exhibía una joven de cabellera siempre abundante, morena y suelta, que hacía de médium. Otros asumían a un público embelesado con tan sólo una maleta sobre una silla de tijera, de la que colgaba un gran pañuelo negro.

Vendían de todo dentro de su peculiar ramo: ungüentos, herramientas milagrosas multiusos, incluso se acercaban al lado íntimo de aquellos espectadores embebidos ante el derroche de conocimientos verbales del charlatán, y se adentraban en males de amores; en la historia de aquel que se había ido lejos, muy lejos, tanto que no se había vuelto a saber de él. Momento en el que el charlatán, si era un cínico sensible, desgranaba palabras en las que cabían muchas interpretaciones, pero que alimentaban una ilusión a las mozas desesperadas y a los padres ansiosos frente al supuesto yerno desaparecido.

El tiempo ha ido recubriendo esos recuerdos de una pátina de admiración ante aquellos profesionales del embeleco, de la palabra pronunciada sin titubeos, en un castellano que parecía salido del mejor teatro antiguo, aquel que nace de nuestra picaresca. No se puede ser un tramposo de fuste sin un lenguaje cuidado; lo aprendí entonces. Así como el valor dramático de las pausas, de los silencios mientras el charlatán pasaba su mirada contundente e inquisitiva por todos y cada uno de los pasmados oyentes. Hoy lo pienso, no sin sarcasmo; como yo no tenía dotes para aquello, me dediqué a otra cosa.

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Viví la transformación de esa generación que se dedicó primero a los negocios y luego a la política, o al revés. Un ejemplo. Si usted es el secretario general de un partido político y logra la hazaña de perder 60 diputados, ¿sería capaz de aparecer en el foro de charlatanes del Fontán de Oviedo o de la plaza Mayor de Madrid y empezar diciendo “¡hemos ganado las elecciones!”?

Se necesita para llegar a este punto dos características personales: un rostro trabajado en cemento armado y una capacidad de cinismo de altísimo voltaje. Lo hizo, lo hace y lo seguirá haciendo Mariano Rajoy, un hombre que, fuera de conocerse al dedillo todas las carreras ciclistas desde que tenía pantalón corto y de precisar hasta las comas de los 372 temas que constituyen las oposiciones a registrador de la propiedad, lo desconoce todo.

Hay políticos que te producen animosidad; los detestas con sólo verlos. José María Aznar, por ejemplo. Pero eso no me sucede con Rajoy. Yo veo a Mariano Rajoy en la televisión y me obliga a apagarla, como si fuera una reacción digna del perro de Pav­lov. Por eso llevo años diciendo que es el político más peligroso, porque es un cínico sin sentido del cinismo. Algo así, diríamos sin exagerar, como la banalidad del mal, o del cinismo, que es lo mismo cuando se ejerce el poder. Son gente tan normal que parecen personajes de Hitchcock durante los primeros quince minutos del filme. Irreconocibles en el final. Inspiran miedo, pero sólo cuando en la pantalla ha aparecido la palabra fin y usted se ha quedado, después de pagar, tendido en la butaca.

Sin rubor alguno. Es el cínico más versátil de la política española desde el mismísimo Franco, ¡y que nadie quiera ver ahí una impronta galleguista! Lo único que tiene de universal es su cinismo, todo lo demás es medularmente español: desconfianza, ignorancia y resentimiento. No es que desprecie todo lo que ignora, es que ignora­ ­hasta el volumen de su desprecio. Sean ­periodistas o colegas de partido. Un hombre que ha logrado que su propio partido no rechiste cuando ha hecho la política más despiadada y cínica que se hacía en España desde la muerte del Caudillo, cuando ha perdido 60 diputados y millones de votos, y alguien le preguntó si no tenía algo que decir, respondió: “Creo que algún error debimos de cometer”. El cinismo como variante de la banalidad del mal.

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(Meseguer)

Los cínicos tienen capacidad para crear realidades y creérselas. “Yo, Mariano Rajoy, he ganado las elecciones y nadie en mi partido puede discutírmelo”. Niega que esté dirigiendo el partido más corrupto de ­España, y eso es decir mucho, con la competencia de Convergència en Catalunya y la de los socialistas allá donde pueden, desde Andalucía a Asturias. Pero lo suyo ha sido un desfalco al Estado que los hombres del PP llevan años ejecutando con un rigor y un desparpajo digno del siglo XIX. “¡Sé fuerte, Luis!”.

Luis Bárcenas no es un delincuente normal, es un delincuente de Estado. Como lo fueron Blesa y Rato, y el clan valenciano. Mientras eso no esté fuera de la sociedad española, Rajoy será un rehén cuya única posibilidad de salida es que no hay salida, sino tiempo. Necesita tiempo para que, entre las triquiñuelas de los letrados y los corrimientos de escala de la judicatura, todo se vaya alargando, alargando, alargando… mientras se apaga. Una sociedad, no digamos ya unos poderes públicos, incapaces de poner a Bárcenas, Blesa, Rato y tutti quanti en la cárcel, la convierte a su vez en cómplice del mal menor. Rajoy no roba, Rajoy comprende, Rajoy espera.

Y este hombre que disimula como un adolescente ¿es el que aspira a gobernar en coalición? ¿Con quién? El que lo acepte sólo podrá ser un cínico menor, un aprendiz, porque llegar a su talla no es fácil. Y luego pensar que la gente seguirá siendo cómplice siempre, cobarde siempre, cándida siempre. Ya empezamos a oírlo últimamente, como en otros tiempos. “Rajoy es decente, el problema está en quienes le rodean”.

¿Y “los recortes” que sal­varon España? Este es el cinismo máximo. Los recortes ­salvaron a una banca y unas cajas de ahorros especiali­zadas en el engaño del cliente, las mismas, ambas, que coronarían a Mariano Rajoy porque les salvó de la prisión y la ruina, mantuvo sus piscinas, sus mansiones, sus lujos, y el estatus familiar –pobres niños, ¡qué traumas sufrirían de no poder seguir su nivel de ­vida!–. Yo cuando veo a Bár­cenas esquiando o a Rato navegando o a Blesa haciendo el payaso en ropa exclusiva, me admiro de nuestra capacidad de autocontrol. Eso merecería una reacción dura, hasta violenta, tanto como esos millones de ciudadanos que aún ­tienen que pelear por las primas de riesgo o los escarnios de esa banca, de esas cajitas de ahorros para oligarquías lo­cales que recién aprendían a jugar al golf o a navegar sin marearse.

Todo lo representa Mariano Rajoy, el supermán del cinismo, el que no puede salvar aún a “Luis, sé fuerte”, ni a Rato –ay, si Rato largara con su famosa lengua de víbora–, o al bobainas de Blesa, el amigo de José María Aznar, un tonto de balcón, que se decía antes de aquellos hijos de ricos que se pa­saban el día contemplando quién pasaba por la calle principal para luego contárselo a las abuelas.

Ese PP de Mariano Rajoy se va muriendo de gozo. ¡Nos hemos forrado! Lo irán comiendo las ratas que ellos fueron dejando en sus pisos vacíos y en las cajas de los bancos –hay cajas fuertes que pueden mantener aire para que aguante una alimaña–. La traición de la izquierda en la transición fue tan alta que convirtieron a gran parte de la ciudadanía en una ópera de Juan Crisóstomo de Arriaga, Los esclavos felices. Pero la música se cambió y aquellos tigres que iban a dejar a España tan renovada que “no la conocería ni la madre que la parió” (Guerra dixit) descubrieron que es más fácil, más cómodo y más gratificante que paguen los de siempre.

Mariano Rajoy no es más que una ex­crecencia, peligros de aquella España del consenso. Fíjense si será cierto que ahora no les queda más que formar gobiernos de coalición y nadie tiene ni idea de cómo se hace. Si alguien tuviera la humorada de ­recordar “los tripartitos catalanes” probablemente le echarían de la reunión por ­desvergonzado.

¿Y el chisgarabís?»