«Pablo Guerrero, el cantautor sobrio» de Victor Lenore, en Minerva 21

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«Con el paso del tiempo, Pablo Guerrero se ha ido ganando el respeto de varias generaciones de compañeros de profesión. «Fuimos muchos los que en su voz alimentamos nuestras ganas de vivir», explica Fernando Lucini, el cronista más minucioso de la canción de autor en España. En 2007 se publicó el disco homenaje Hechos de nubes, en el que participaron estrellas como Joan Manuel Serrat, Luz Casal, Luis Eduardo Aute, Ismael Serrano y Víctor Manuel. En 2009 recibió el premio a toda una trayectoria de la Academia de las ciencias y las artes de la música. Además, ha desarrollado una carrera paralela como poeta. Su antología más reciente se titula Pablo Guerrero: un poeta que canta (Verbum, 2004).

¿Cómo te decidiste a dedicar tu vida a la música?

Cuando empecé a cantar había un sentimiento de que era algo efímero: grabé el primer disco sin saber si habría un segundo. Tampoco estaba claro qué iba a pasar políticamente la semana o el mes siguiente. No tenía ninguna sensación de profesionalidad porque, además de la música, también daba clases en un instituto de Moratalaz. A raíz de publicar «A cántaros», que tuvo cierto éxito, ya vi que podía dedicarme a esto. Entonces empecé a encontrar gente de mi edad que creía en mí y me decidí a dejar la enseñanza. Así contado, parece que pasó de la noche a la mañana, pero fue un proceso lento.

¿Tuviste que pelear mucho en casa para hacerte artista?

Tuve padres liberales. Me dejaron elegir oficio y volver a casa a la hora que me apeteciera. Había otros amigos sin tanta suerte. Las que peor lo pasaron fueron las mujeres.

¿Nos hablas de tus primeras influencias?

Tenía una amiga francesa que me regalaba discos de Jacques Brel y de Leo Ferré, pero sobre todo me gustaba el folk estadounidense tipo Bob Dylan o Joni Mitchell. Ella era un poco mi ídolo. Costaba un montón encontrar discos suyos, había que encargárselos a alguien que viajara a Londres. Era una época muy bonita porque nos reuníamos en casas para disfrutar los pocos álbumes que conseguíamos. Recuerdo las escuchas colectivas de Leonard Cohen como una especie de acto religioso. Yo no sabía inglés, pero mi mujer, que había estudiado filología inglesa, me traducía bien las letras. Mi idea era la misma que la de estos artistas: partir de la música de raíz y vestirla con sonoridades de la época. También soy de esos niños que vivieron de lleno el folclore local. En mi pueblo se cantaba en las matanzas, en las vendimias, en la trilla. Me empapé de todo eso y lo vestía de folk estadounidense…»

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