«Para recordar a Ramón Acín Aquilué (1888-1936)» de José-Carlos Mainer, en Revista de Libros

ramon acin

“A la memoria de Carmen Balcells, que me pidió esta reseña
y que no ha podido verla impresa.

El fusilado

Lo escribió hace unos años el historiador Carlos Forcadell en un artículo de título certero, «Huesca era Granada», que le tomo ahora en préstamo como punto de partida. Al igual que Granada y Oviedo, Huesca fue durante casi toda la Guerra Civil una ciudad sitiada en una provincia que estaba mayoritariamente en manos republicanas. Salvando las distintas magnitudes demográficas, las tres poblaciones eran más bien tradicionales, provincianas y beatas, aunque tenían una notoria estirpe de disidentes, a los que se miraba con recelo, pero que formaban parte del paisaje cotidiano. La triste suerte que estos sufrieron bajo el cerco fue algo que tardó en desaparecer de la memoria colectiva: los asesinatos de Federico García Lorca, del hijo de «Clarín» (que llevaba su mismo nombre, Leopoldo Alas, y era rector de la Universidad desde 1931) o de nuestro Ramón Acín no pudieron ser ignorados. Eran tres hombres todavía jóvenes, con una reputación que desbordaba el ámbito local y con amigos en todos los grupos sociales, y el recuerdo de su final hubo de recocerse a fuego lento, durante muchos años, en la mala conciencia colectiva. Y nunca se les olvidó del todo ni a sus amigos ni a sus enemigos.

Otro escritor de Huesca, Ramon J. Sender, supo del fusilamiento de su hermano, Manuel, que era alcalde de la ciudad, y describió el infierno del remordimiento en una comunidad cerrada a lo largo de las páginas de una de las más sobrecogedoras novelas cortas de toda la literatura española del siglo XX, Mosén Millán, que luego llamó, con menor fortuna,Réquiem por un campesino español. Pero no menos hermosa fue, en 1947, su larga dedicatoria de El rey y la reina a la memoria de su hermano asesinado, que en la edición española de la novela –en 1970– Sender abrevió muy significativamente.

El asesinato de Acín fue particularmente avieso y cruel. Nuestro hombre se había ocultado provisionalmente en su propio domicilio, pero un día oyó cómo una patrulla fascista había entrado en el piso y maltrataba a su mujer, Conchita Monrás; Acín salió espontáneamente a defenderla y fue detenido, sacado a empellones de su casa y fusilado al poco. Diecisiete días después le ocurría lo mismo a su mujer, sin otra responsabilidad política que haberlo sido. Eran padres de dos niñas, Katia (1923-2004) y Sol (1925-1998), que luego supieron llevar sus nombres –tan laicos– y su dolorosa historia personal con una dignidad gallarda y admirable. Conocieron el rescate de la obra de su padre y los primeros homenajes, aunque no hayan podido ver este libro que ahora ve la luz y que recobra la parte menos conocida y más dispersa de su legado: la «edición anotada de los escritos (1913-1936)», que son un total de ciento cincuenta y cinco, muy breves casi todos, cuya edición ha sido llevada a cabo por Carlos Mas y Emilio Casanova, y a la que escoltan en las páginas finales los concienzudos estudios de José Domingo Dueñas, José Luis Ledesma, Ismael Grasa y Víctor Pardo Lancina.

El artista anarquista

Ramón Acín Aquilué (1888-936) pertenecía a la clase media acomodada. Su padre era ingeniero agrimensor y él cursó estudios incompletos de Química en Zaragoza, aunque prefería el dibujo y la pintura, y tomó clases de ambas disciplinas con un conocido pintor local, Félix Lafuente, excelente dibujante y habilidoso heredero de la cromática impresionista. En 1910, Acín hizo su primer dibujo para la prensa local y en 1913 fue pensionado de la Diputación de Huesca y estudió en Madrid, Toledo y Granada. Ese mismo año, su amigo, el abogado y escritor grausino Ángel Samblancat, fundó en Barcelona el periódico La Ira, en cuyos dos únicos números Acín se estrenó como escritor. El primer artículo, «Id vosotros», resucitaba aquel veterano lema de la guerra de 1898: a la guerra de África no debían ir los soldados pobres, sino los «de cuota», que habían esquivado el riesgo mediante los dineros de sus padres. El segundo, «No riáis», recordaba –cuatro años después– la Semana Trágica barcelonesa y recomendaba a los «agustinos, escolapios, agonizantes, capuchinos trapenses, dominicos, carmelitas, jesuitas…», aquellos que «dejasteis la choza de Pedro el pescador para instalaros en palacios de mampostería», que no olvidaran nunca la explosión del anticlericalismo popular que había conmovido los cimientos morales de Barcelona. En 1916, cuando volvió a su ciudad como profesor de dibujo en la Normal de Maestras, era ya un anarquista convencido que participó en el congreso nacional de la CNT en 1919 y que en los años siguientes militó con una convicción a la que respondieron detenciones e incluso breves encarcelamientos.

El pacifismo y un anticlericalismo que se revestía de tintes evangélicos habían sido los discursos predilectos de la acracia y son los más llamativos ingredientes de las denuncias que Acín incorpora a una prosa que es personal y provocativa, divertida y nada grandilocuente, pero en la que gusta encajar imágenes atrevidas y rítmicos efectos de repetición. Las figuras del gallego Alfonso R. Castelao y del aragonés Acín se parecen bastante. Los dos escribieron y pintaron con una espontaneidad –en el fondo, muy pensada– que tendía a borrar los límites de las dos actividades. En ambos, la sensibilidad ante la injusticia funcionó como un instinto certero. Los dos configuraron una imagen de sus paisanos populares: más idealizada la de Acín, más crítica la de Castelao. Y los dos contribuyeron decisivamente a la depuración estética de la conciencia de sus patrias respectivas, aunque a Acín su muerte le impidió escribir algo parecido a Sempre en Galiza. Castelao eludió cualquier otro compromiso político que no fuera el galleguismo, e incluso militó en el maurismo; Acín fue siempre fiel al anarquismo.

Nuestro escritor se pronunció contra la guerra europea, cuando vio que los líderes progresistas no sólo olvidaban el pacifismo de Jaurès, Bebel y Tolstói, sino también el de los apóstoles y el de Cristo (como escribe en «Profetas», en el mismo verano de 1914). En «Las vacas gordas y las vacas flacas», de octubre del mismo año, los ríos de Huesca que bajan del Pirineo y se pierden en el Ebro, por falta de canales que los aprovechen, le traen el recuerdo ominoso de los más caudalosos de Francia –Marne, Oise, Aisne…–, que ahora bajan tintos de sangre y que «también nacen de la nieve blanca de unos picachos de blanco vestidos y cara al cielo siempre como novicias». En 1923, la noticia de que un cabo, desertor en Marruecos, que ha sido indultado, y el recuerdo de otro que fue fusilado por rebelión en 1920, le traen a la memoria tantas campañas hipócritas contra el ejército: hay «el enemigo de las guerras en plenas victorias guerreras y el enemigo de las guerras después de debacles», como también hay dos enemigos del Estado: «los del Estado pobre, calamitoso y derrotado como hoy, y los enemigos del Estado, aunque este fuera regido por un Carlos III, con sus condes de Aranda y sus Campomanes y sus Floridablanca». Indiscutiblemente, Acín estaba con los más consecuentes.

Pero su anarquismo era, de ordinario, risueño y poco amonestador. En 1924, el Diario de Huesca publicó una carta-manifiesto que, sin duda, era de su mano (aunque la firmaban gentes tan dispares como «Silvio Kossti» y el archivero Ricardo del Arco), en la que se pedía el indulto del humorista catalán anarquista «Shum». El escrito se sumaba a otro, publicado en Madrid y encabezado por dos personas de orden, la novelista Concha Espina y el investigador Santiago Ramón y Cajal. Lo más novedoso del texto oscense es que Acín justificaba su petición en que, como ya dijo John Ruskin, los artistas son unos eternos niños y porque Pío Baroja ha recordado en un libro (La caverna del humorismo) que el humor es siempre anarquista. En el fondo, Acín habitaba un limbo de inocencia que tiene algo de tiernamente irresponsable. Ninguna injusticia le es ajena, ni ningún dolor pasa sin su solidaridad. Pero esa compasión es siempre afectuosa y directa, con algo de franciscana. Aborrecía, por ejemplo, la tauromaquia y su mundo. En 1914 escribió un artículo sobre «Nuestros caballos de picar», dedicado a los que habían participado en un festejo de su ciudad y sueña un arcádico porvenir para los que sobrevivan: su preferido, uno pardo, «el de los sueños con carrozas regias, arrastrará un trillo, la sencilla, sencilla y divina, carroza de la razón y la vida». En 1923 publicó un librito de dibujos humorísticos,Las corridas de toros en 1970, en cuyo prólogo propuso que se construyera un campo de deportes en vez del nuevo coso taurino que reclamaban sus paisanos y las fuerzas vivas, para que «el calor y el color y el movimiento y la alegría y la pasión y la energía brutal de los cosos taurinos, ese esfuerzo inútil, ese esfuerzo por el esfuerzo mismo, sea reemplazado por una pasión y una energía más nobles y elevadas». La aversión a los toros y a la guerra tenían, de hecho, la misma raíz; por eso, el prefacio del librito reproducía dos famosos cuadros: uno del alemán Franz Stuck (La batalla, 1894), en el que un altivo jinete desnudo contempla cadáveres y heridos amontonados a sus pies, y el ya muy famoso y polémico de Ignacio Zuloaga (La victima de la fiesta, 1910), en que otro rocín y su caballero –el picador– regresan meditabundos y malparados.

Una poética de apropiación

Para Ramón Acín, la inspiración, la vocación, el trabajo del cincel, de la plumilla, de los pinceles o de la estilográfica fueron siempre una suerte de jubilosa función fisiológica: una forma de conquista y apropiación de las formas soñadas. Cuando realizó su primera visita a la capital de España, confesó que «yo no he estado en Madrid», ni siquiera había visto la Puerta del Sol. Para el viajero, la ciudad fue sólo una larga contemplación de La maja desnuda, de Goya, en El Prado: «Dios mío, dios mío, eso no es lienzo y coloretes, eso es carne, carne como la carne de nuestras novias». Entendió que pintar así suponía relacionarse directamente con la vida y, por eso, en una nota de 1914 («La Gioconda») justificó a Vincenzo Perugia, el hombre que robó el cuadro en El Louvre y lo tuvo durante más de dos años en su buhardilla. Del mismo modo, cuando una sufragista inglesa atacó el cuadro de Velázquez Venus y Cupido, en la National Gallery de Londres, sintió que se había brindado el mejor homenaje a la superioridad natural de la belleza. Pintar es hacer honor a la realidad, que en los tres casos se ha encarnado en unas bellas mujeres. El 5 de enero de 1918, en un texto dedicado a su correligionario Ángel Samblancat, elogiaba los dibujos de Hokusai porque no tienen otro objetivo que rendir homenaje a lo real y porque, ya octogenario, el artista sólo deseaba vivir para hacerlo cada vez mejor. Debajo de ese artículo, el breve añadido «Así soy yo» dice mucho sobre este amigo de la exaltación y enemigo de los términos medios: «Si alguna vez dejase de ser un revolucionario, con la puntera de bota metida en la anarquía, sería para irme a un monte, a vivir en una ermita y llamar, como el místico, al agua “hermana agua” y al lobo, “hermano lobo” […]. Odio todas las cosas, que las cosas todas tienen su lado odioso; las amo a todas, que todas tienen algo que las hace amables». Y en 1926 remataba así un artículo sobre el fútbol y sus pasiones: «Yo, al escribir, no hago literatura; escribo sujetándome el hígado o apretándome el corazón. Si canto suave o fuerte, canto sin saberlo, como los buenos árboles cuando les sopla el céfiro y les azota el aquilón». En el cartel que confeccionó para presentar su exposición en el Rincón de Goya, de Zaragoza, en mayo de 1930, se retrató con luengas barbas y traje talar, con cíngulo del que cuelga una cruz (aunque tocado de un peregrino gorro de papel), y dibujó, tras su imagen, la de una versión –bastante más carnal– de la maja goyesca que le había fascinado: genio y figura…

Hizo de todo: ensayó la escultura en láminas metálicas, como su paisano aragonés Pablo Gargallo y el valenciano Julio González; dibujó con perfiles de línea muy definida paisajes urbanos y, con tonos más abocetados, caricaturas y retratos de sus amigos; hizo multitud de bodegones, paisajes e interiores de acusada sencillez, unas veces jugando con masas de color (como hacía Ramón Gaya) y otras usando la composición y el alegre cromatismo que aprendió de Félix Lafuente. La obra que todos sus paisanos conocen es un divertido juego: la Fuente de las pajaritas (pajaricas, prefería él) se hizo en 1928 para la zona infantil del Parque de Huesca y la componen dos grandes pajaritas de papel, en chapa de hierro de color plateado, que descansan sobre dos paralelepípedos de cemento pintado de verde. Su óleo de mayor tamaño y empeño, Verbena, que puede verse en el Museo de Huesca, homenajea a aquellas citas populares que fascinaron a sus amigos vanguardistas: a pintores como Maruja Mallo y a Carlos Sáenz de Tejada, al poeta Dámaso Alonso y al cineasta ocasional que fue Ernesto Giménez Caballero. En 1988, el precioso catálogo de la exposición del centenario, Ramón Acín (1888-1936), que dirigió Manuel García Guatas por cuenta de las Diputaciones de Huesca y Zaragoza, recogió y fotografió la práctica totalidad de su producción plástica.

Para una estética aragonesa

El catálogo de otra recomendable exposición, mucho más reciente, Ideal de Aragón. Regeneración e identidad en las artes plásticas (1898-1939) (Paraninfo de la Universidad de Zaragoza, febrero-mayo de 2015), permite ver en su contexto un aspecto de la personalidad de Acín que se apuntaba más arriba: su esfuerzo por configurar una imagen estética de su región en el momento en que todas las partes de España se afanaban en lo mismo y cuando tal empeño se producía en el marco tentador del diálogo de la modernidad y la tradición.

El primer Acín fue muy fiel a esta última y uno de sus primeros escritos elogió una representación de Buen tempero, del costumbrista Luis López Allué, que vio en el Centro Aragonés de Barcelona: «La sala está ya llena de aragoneses: los pulmones respiran fuerte, allí está Aragón», consignaba, y lo cierto es que siempre admiró a aquel escritor bienhumorado, un poco conservador y un poco bohemio, que llegó a ser alcalde de su ciudad. «Soy más oscense que la placeta de Lizana», escribió una vez Acín, cuyas notas periodísticas evocan, con la complacencia de un muchacho, la feria de san Andrés a finales de noviembre, los días navideños, las procesiones y las romerías. Pero tuvo la misma lealtad a Manuel Bescós Almudévar, «Silvio Kossti», otro patricio local nada reaccionario, agnóstico militante, escritor curiosísimo y condenado por el obispo de la diócesis, además de ser, sobre todo, seguidor de Joaquín Costa…”

Texto completo en http://www.revistadelibros.com/resenas/para-recordar-a-ramon-acin-aquilue-1888-1936?&utm_source=newsletter&utm_medium=email&utm_campaign=nl20151104