“Pérez Andújar: otra literatura”. Gregorio Morán. La Vanguardia

perez Andujar

“Hay que empezar presentando al autor. Cuando uno se ape­llida Pérez y no pone una discreta “P.” ocurre como con todos los Pablos, Manolos, Fernández, etcétera, etcétera, que en sociedades muy marcadas por complejos de clase encuentran subterfugios para introducir pe­queños cambios en su nomenclatura para que los que mandan tengan claro que aceptan la autoridad. Conocí en Bilbao, hace muchos años, a José Elorrieta, secretario del sin­dicato nacionalista vasco ELA-STV. Ni en la lucha contra el franquismo, ni en la ­democracia, dejó de ser José, como siempre. Tienen mucho que ver los cambios de patronímicos con el oportunismo de los cambios de ideología, pero dejémoslo ahora porque nos llevaría demasiado lejos.

¡Pérez, y del Besòs! ¿Y dice usted que escribe literatura? ¿Y en Catalunya? Es un tipo sonriente, con ojos chispeantes (de rico), pelo deslavazado y conversación entusiasta. Nació allá por los cincuenta avanzados, estudió en la universidad, porque imagino que tenía la intención de que conocer es saber de la casta inútil. Acaba de publicar un libro, al que no auguro el éxito arrollador que se merece en ese lupanar que se denomina el mercado editorial, pero estoy seguro de que a persona tan pobre, discreta y principal como Walter Benjamin le hubiera interesado. ¡Una enciclopedia de historias de derrotados! El título exacto es Diccionario enciclopédico de la vieja escuela (Tusquets Editores).

Me refiero a Benjamin, porque amén de ser el recurso más manido de todos los mediocres empleados de la universidad –letra muerta–, había en él el tirón de la calle, del barrio, de la ciudad, allá donde termina; ya fuera el Besòs o Ivry, o una travesía por las vecindades del parque de Luxemburgo. En la ciudad, en los restos depositados por burgueses, obreros, soldados, putas, está sedimentada nuestra historia, como el hoyo de los tacones de la prostituta a la espera junto a la puerta del Amaya.

En aquellos años cincuenta y sesenta había dos rasgos culturales que abarcaban desde el mandarinato cultural a las clases medias. Uno se refería a los hábitos de lectura de los adolescentes que aspirábamos a barrer una sociedad tan injusta leyendo a los escritores salidos de prisión, por republicanos, que se ponían nombres al estilo de los artistas de Hollywood, pero que trabajaban en condiciones de esclavitud. Y las enciclopedias. Pagada a plazos venían a salir los 12 volúmenes por tres años de letras, o cinco.

No he vuelto nunca a las novelas de intercambio, aquellas que se cambiaban en los quioscos, “una de vaqueros por otra de policías”. Pero leí muchas y con agrado por más que el esquema literario fuera harto sencillo. En esta singular enciclopedia de Pérez Andújar desfilan una serie de nombres –todos falsos, o lo que es lo mismo, adaptados a la moda americana; ¡un Fernández no puede por principio firmar una novela de vaqueros!–.

Solamente sacar del olvido a estos penados de la pluma e incorporarlos a la gran literatura sería una hazaña digna de Pérez Andújar. Pero hay más, están los cómics. Fui lector ávido de cómics pero se me fueron de la memoria. Esperaba semana tras semana la historia del Capitán Trueno –disculpen si me equivoco de nombres–, pero no me enganchaba el TBO. Y ahora tras leer a Andújar me arrepiento, porque se trataba de figuras tan fijas en la memoria de nuestra época como lo serían las novelas de Cela, de un médico zaragozano del que nunca volví a oír, Santiago Lorén, del padre Martín Vigil, de Gironella, por supuesto. Al único que no fui capaz de soportar nunca fue a Zunzunegui, el gafe, que decía el malévolo Cela.

Pero fíjense en un detalle que el libro de Pérez Andújar convierte en reflexión digna de Walter Benjamin. Nuestros cuentos, nuestras lecturas de infancia, eran brutales. Nada de hadas, princesas y aspirantes a héroes. Eran como la vida que vivíamos y por eso no lo notábamos. Nos parecía normal. La violencia y la aparición de un salvador era lo único que necesitábamos. Por eso, entre otras cosas, esta enciclopedia insólita de Javier Pérez Andújar te golpea como si se tratara de volver a charlar con los amigos de la primera adolescencia.

Pero hemos de pasar por ese hallazgo del autor al denominar enciclopedia a un instrumento, digamos que cultural, que arrasó la España de los sesenta. Las enciclopedias domésticas eran la referencia suprema del saber. Si alguien las revisa ahora detectarían que estaban hechas con desgana, a tanto la línea, salvo algún colaborador avispado que aportaba datos y ángulos que te abrían horizontes de conocimiento que aquella España cutre, pero “muy moderna”, jamás hubiera osado ni siquiera citar. Hoy una enciclopedia es como un jarrón chino que un día regalaron a la abuela. No sirve de nada y ocupa mucho espacio. Internet arrasó con la antigualla de una palabra y un dato que además llevaba fotografía. Perdimos bastante de nuestra sensibilidad, con el cambio.

Pero si hay algo que demuestra la envergadura de este libro de Pérez Andújar, con una portada poco feliz –pensada quizá para que los lectores no supieran si leerlo o regalarlo–, es la densidad del relato. Cómo ir engarzando las cerezas para que el árbol se recomponga. Es quizá la primera vez que me encuentro con una erudición de lo que nadie valora y al tiempo unos felices tiempos muertos de literatura muy elaborada; la paradoja perfecta que marca el fin de los diccionarios pedantes al uso.

“SUBORDINADAS. Porque pertenezco a las clases subordinadas, en mi barrio siempre hemos hablado como Proust, tirando a tope de subordinadas. En el barrio, los hijos de obreros éramos la aris­tocracia de la fuerza de trabajo, y por eso, porque vivíamos como reyes, la primera vez que vi el retrato de Karl Marx, creía que era el rey Melchor. Nosotros lo teníamos todo: los bloques, los charcos, el barro, el cielo azul del extrarradio… Las frases subordinadas levantando el puño en defensa de una gramática internacional para todos los lenguajes del mundo”. (394)

A eso se llama transformar radicalmente un diccionario. Sin acritud, pero con la ira contenida de ser pobre, de haber peleado en los márgenes de una ciudad potente que los despreciaba. La di­ferencia entre un TBO y El Patufet.

El Besòs, esa tierra que hay quien asegura que va al mar, pero que sus habitantes tenían sus dudas si se desplazaba hacia las alcantarillas de la gran ciudad, donde los obreros debían sentirse felices de poder comer y que les dieran un agujero para vivir. Resulta que tenía, una cultura más interesante que los chicos del Eixample, que dejaron novelas que el viento llevará sin mucho esfuerzo. Quizá alimentaban otros horizontes, perspectivas, ambiciones. Debo reconocer que las páginas dedicadas a aquel impostor de la literatura que se puso por nombre Francisco Umbral muestran el lado más frágil del libro. Lo que no está cerca del Besòs, dígase de Barcelona, queda como un estrambote de un bellísimo soneto. En fin, una nadería a la que algunos somos muy sensibles, porque nos afectan los impostores que se disfrazan de dandis.

No se pierdan este libro. Aquí hay otra literatura, que nada tienen que ver los ­Vila-Matas, recién horneados; o la sólida veteranía de Juan Marsé. Esto es otra cosa. Guste o no guste a los supremos rectores de suplementos literarios, les garantizaría el orgullo de que cuando todos nosotros apenas seamos nada, Javier Pérez Andújar, habrá quedado como aquel de Sant Adrià de Besòs que los barrió a todos; no a escobazos, como haría yo, sino con una sonrisa y una mirada plácida que neutraliza la maldad de este gremio literario, tan dado a personajes sensibles y escritores canallas”.