“Pésimas noticias”, Javier Aristu. en campo abierto

 

Por  Javier ARISTU

Difícil ponerse a comentar lo ocurrido esta mañana, y los días y semanas pasados, en el Congreso de Diputados. Difícil, porque lo primero que me viene a la cabeza es «sonrojo, vergüenza, perplejidad, enfado, irritación…» y podríamos seguir con términos de esos campos semánticos. Sin embargo, lo ocurrido esta mañana en la carrera de San Jerónimo no tiene nombre: ha mostrado una incapacidad inmensa de las dos fuerzas políticas que se autodenominan de izquierda o progresista a la hora de alcanzar un mínimo acuerdo para sacar adelante la investidura del candidato socialista. No voy a hablar de culpabilidades o de pecados a la hora de negociar, pero es evidente que en política los acuerdos, y los desacuerdos, se consiguen, también, porque los negociadores de una parte o de ambas están capacitados o no dan la talla, no son buenos negociadores. No todo es política en estado puro, también son vicios y virtudes humanas, muy humanas, las que facilitan los acuerdos o las divergencias. Algo más que lo que han dicho hasta ahora tendrán que decir a los españoles, por este orden, Pedro Sánchez, Pablo Iglesias, Carmen Calvo o Pablo Echenique. Los dos primeros, al ser responsables políticos máximos de sus fuerzas políticas —y Pedro Sánchez, además, candidato a la investidura—; pero los otros dos, han sido los negociadores del primer nivel. Y creo que no lo han hecho nada bien.

Que la lectura de los resultados del pasado 28 de abril haya sido la de hoy es incomprensible y trágico. Cuando por primera vez desde hace muchos años tenemos en España una derecha en proceso de recomposición orgánica y programática —proceso que todavía no divisamos por donde irá y hacia qué objetivos se dirigirá— pero que amenaza con un tridente agresivo, nuestra particular “izquierda doble” se dedica a atacarse y destruirse. En vez de reconstruir un proyecto, modesto sí pero proyecto al fin y al cabo, de dirección y horizonte para una buena mayoría de españoles, se dedica a atacarse mutuamente por la ocupación de pequeñas parcelas del poder (¿poder?) institucional y político. Una cartera por aquí, una cartera por allá. Me da cierto pudor seguir repitiendo los argumentos de estos últimos días usados por ambas partes. No nos merecemos esto, sinceramente.

¿Dónde ha quedado el proyecto de dar fuerza y coherencia a una Europa también recién salida de las urnas y que está asediada por tierra, mar y aire? Hablo de auténticos terminators de la Unión Europea como son Salvini, Orban o el recién designado Boris Johnson. ¿Es que no hubiera sido fundamental llegar a septiembre con un gobierno de España capaz de reforzar el frente europeísta frente a esos destructores? ¿Tan poco se valora en las riberas de la izquierda el programa y el desafío europeo?

¿Dónde quedan la necesidad urgente para un gran pacto político progresista sobre el mundo del trabajo capaz de recomponer una relaciones laborales y sociales más civilizadas y acordes con los derechos de los que trabajan? ¿Se ha hablado de esas medidas en ese terreno?

¿Qué hoja de ruta tenían pensada los negociadores sobre el asunto de Cataluña? ¿Han llegado a algún acuerdo o desacuerdo sobre ese asunto?

¿Cómo va a acometer nuestro país las profundas y necesarias reformas (con mayúscula, por favor) relacionadas con el mundo de la industria, la ciencia, la educación, la tecnología que hoy es factor primero de la economía de cualquier país y sobre las que trató largamente el discurso del candidato?

¿Se ha hablado en esas conversaciones o negociaciones a puerta cerrada sobre la necesidad de implementar políticas del bienestar, de gasto social, de mejora de las condiciones de vida de los españoles?

Estoy seguro, quiero tener esa esperanza, de que se ha hablado de todo eso además de pedir, unos, y no dar, otros, sillas ministeriales. Pero el hecho objetivo es que nada de eso ha traspasado la brecha entre los políticos negociadores y la gente de la calle. Se ha perdido una ocasión de oro para haber hecho una buena pedagogía social y haber alcanzado un acuerdo para arrancar del parón político en el que nos encontrábamos desde 2014. Y tengo la impresión de que estas oportunidades no son fáciles de atrapar por segunda vez.

Una penúltima reflexión. Dado que desde el miércoles se habían roto las negociaciones y se percibía una  enorme distancia entre las dos posiciones…¿no hubiera sido interesante que UP hubiera votado hoy la candidatura de Pedro Sánchez? El haber facilitado ese gobierno, posiblemente, podría abrir a partir de hoy un terreno de reencuentro de diferencias y de futuras colaboraciones parciales o sectoriales en el Congreso. Incluso hasta llegar en un futuro no lejano a la incorporación  de UP al gobierno del país. La imposibilidad de la investidura de hoy jueves dificulta más ese camino de reencuentro y de acercar posiciones. Un “sacrificio” de UP, una “humillación” de UP a lo mejor podría haber ayudado más a su recolocación futura en el espacio político que la negativa de hoy de sus diputados. En política, a veces, hay victorias pírricas y derrotas que al final te refuerzan.

No es bueno hacer leña del árbol caído, sea este el olivo o el roble. Es conveniente mirar lo que ha pasado el lunes y hoy pero para levantar la vista hacia el horizonte futuro. No hay buenas señales ni sensaciones, es cierto: el debate de hoy jueves no predice un buen momento en las relaciones entre PSOE y UP pero será indispensable que ambos rectifiquen y hagan un balance audaz de lo que pasado si quieren alcanzar un nuevo terreno para el acuerdo y la gobernabilidad tan necesaria en España en este momento. Ambos tienen que corregir su altanería, su orgullo de partido, su personalismo excesivo en la polémica política. Las dos fuerzas necesitan romper los papeles de estos temarios que han llevado a este fracaso y comenzar de nuevo y, a lo mejor, de cero, con nuevos instrumentos, nuevas metodologías, nuevos terrenos, nuevos lenguajes…y nuevos y distintos negociadores. Todavía hay tiempo para aprobar en septiembre.

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