“Poliética”: Francisco Fernández Buey. Marxismo Crítico

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“Poliética” es un término que alude a una diversidad de concepciones morales, pero sobre todo es una palabra acuñada merced al cruce de otras dos: ética y política, con el ánimo de sugerir una nueva vía al pensamiento, en la cual se fusionen la reflexión sobre la responsabilidad moral de nuestros actos y la ciencia política. Todavía no es una disciplina filosófica, pero cuando las condiciones históricas del siglo XX (guerras muy crueles, revoluciones, exterminios, totalitarismos sanguinarios) dinamitaron las posibilidades de que un enlace lógico entre la ética y la política fuera posible, unos cuantos hombres y mujeres se resistieron a negar esa posibilidad y, desde posiciones distintas que partían, sin embargo, de un mismo cuestionamiento a lo establecido en el orden moral y en la organización política de las sociedades en que vivían, ofrecieron una serie de obras que han contribuido a oxigenar el pensamiento occidental. Estas personalidades se proponen, también, como ejemplos de una grave conciencia ético-política en su tiempo, pues con sus vidas alumbraron igualmente las contradicciones y la falsedad de las categorías morales y la insania de los sistemas sociales y políticos con que funciona la civilización occidental. Estas figuras (Karl Kraus, György Lukács, Walter Benjamin, Bertolt Brecht, Simone Weil, Hannah Arendt y Primo Levi), apartadas en una orilla del filosofar, son el contrapunto de los pensadores profesionales y orgánicos, pero sus aportaciones a una inaplazable filosofía de la responsabilidad resultan decisivas.

En cierto modo el final de la modernidad europea trae a la memoria lo que fue su principio. Y no sólo por las guerras, sino también por la sensación de estar viviendo un período de excepción. Si en aquel principio se dijo que la única forma de ir al paraíso, si es que hay alguna, es conocer los caminos que conducen al infierno para evitarlos, al final de la modernidad se puede decir también, con la mayoría de los autores que han reflexionado entre la frontera y el exilio, entre la literatura y el filosofar, que el gran asunto de la conciencia ético-política del siglo XX no fue el del bien y lo bueno (ni su búsqueda, ni su definición, ni siquiera su etimología) sino el del mal y la maldad.

De eso, a pesar de algún poema de Voltaire, de la réplica de Rousseau, de algunas páginas de Kant y de las incursiones literarias de Dostoievski, apenas se sabía nada. Y lo que se sabía acerca de aquello que economistas, sociólogos y moralistas sensibles del siglo XIX habían llamado el mal social era, desde luego, muy precario e insuficiente para dar cuenta de horrores como los que se vivieron durante la primera guerra mundial, en los campos de concentración de la segunda, entre los exiliados y los parias que tuvieron que cambiar de país como de zapatos y entre los desventurados de una Europa orgullosa de su civilización (o de su cultura) a los que, para más INRI, acababa de ofrecérseles con gran pompa retórica el Milenio del Reich o el Advenimiento del Socialismo.

Tratar de entender un mal que va creciendo hasta alcanzar, en los años treinta, una dimensión de la que se sospecha que es ininteligible ha sido una constante para la conciencia ético-política del siglo XX. Esta preocupación está presente ya en Karl Kraus, obsesionado por el rigor de la palabra y moralista a su pesar, cuando después de tocar a silencio en el momento del estallido de la primera guerra mundial escribe aquel monumento que titula, con talante apocalíptico, Los últimos días de la humanidad. Lo está también en aquel Lukács que, en los últimos días de la guerra, dice llevar, como Faust, dos almas en su pecho y oscila entre la atracción por el nihilismo dostoievskiano, la metafísica bolchevique que sugiere que del mal puede surgir el bien y la dialéctica hegelo-marxista que dice haber descubierto que la historia, aunque nos pese, progresa por su lado malo. En este obligado medirse con el nihilismo algunos, entre ellos el propio Lukács que se dispone a escribir Historia y consciencia de clase, verán la tragedia de lo ético. Y, aunque planteada en otros términos, tal vez con menos talante trágico pero con la misma perplejidad, la pregunta por la persistencia del mal humano que estalla en las guerras y en la violencia de la época de la rebelión de las masas, está también en el intercambio de cartas entre dos grandes del siglo, Einstein y Freud, en el período de entreguerras…

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