“Política y lenguaje”. Javier Aristu. en campo abierto

José Rodríguez de la Borbolla fue el primer secretario general de la entonces llamada Federación Andaluza del PSOE, luego reconvertido por mor de las autonomías en PSOE de Andalucía. Fue la persona que sustituyó a Rafael Escuredo (1986) en la Presidencia de la Junta cuando éste dimitió. Borbolla, sin embargo, no se enrocó en una gestión simplemente descentralizada del gobierno socialista de Madrid sino que apostó desde su gobierno autonómico por una autonomía con plenas competencias y con igualdad de trato ante catalanes y vascos. Pepote, así llamado en sus círculos, trató de consolidar un poder político, en la Junta y en el partido, que no estuviera sujeto a las riendas de Alfonso Guerra. Aquella batalla la perdió y fue defenestrado de todos sus cargos. Luego, ha recorrido estas décadas de forma más o menos anónima, sin perder su fidelidad al partido que ayudó a fundar y jugando siempre con sus propias armas y tácticas. Es obediente al partido…pero suele hacer lo que le da la gana.

Hasta que desde hace unos meses se ha tirado al monte y camina ya no tan libre. Su presencia en el órgano máximo de dirección del socialismo andaluz, el Comité Director, le está llevando a ser un vocero deslenguado, sin complejos, de Susana Díaz. No creo que porque se lo ordene esta sino porque Borbolla piensa exactamente eso que dice.

La cosa empezó hace unas semanas cuando publicó un fatídico artículo en El País donde, mostrando sus habilidades de lector de historia (daba en el clavo en algunos análisis), sacaba a relucir la guerra chino-japonesa de 1937 y provocaba un sarpullido de catalanes constitucionales con aquello del Frente Único Antijaponés por no nombrarlo como anticatalán. Recuerdo claramente aquel día, 14 de septiembre, porque estaba yo entrevistándome con él a propósito de un libro escrito por mí, y que saldrá dentro de unos días, donde él aparece relacionado con acontecimientos de los que hablo en sus páginas. En esa entrevista palpé, cómo a través de algunas llamadas que recibió el dirigente socialista, el artículo iba a traer cola. Su título chillaba: Cataluña, la epiléptica de España.

Estos días Borbolla ha vuelto a desencajar las cuadernas de la nave política. En una entrevista en Onda Luz ha llamado “cerdos” a los independentistas y ha provocado aquello de que, si éramos pocos, pariera la abuela. Por esa boca que dios le dio Borbolla suelta una serie de invectivas y términos contra el independentismo que cualquier tertuliano de bar sevillano las diría con mayor moderación. Borbolla, me parece, no ha sido consciente de que su papel como dirigente socialista andaluz no es recurrir a ese lenguaje tabernario y de “gente común” para calificar la situación política. De un dirigente político —y Borbolla lo es aunque esté retirado de actividad pública— se espera habilidad pedagógica, además de claridad política, para elevar los debates tabernarios a costumbres más apropiadas con el ágora política.

En el fondo creo que lo que expresan esos exabruptos de Borbolla  es la cultura política residente en la actual capa dirigente del socialismo andaluz. Este suele responder a los discursos y lenguajes de otras autonomías con el consabido resabio del humillado pero que aparenta altivez. Al situarse en esa esquina, retirado del debate intelectual de larga mirada, el socialismo andaluz no ayuda nada a superar esta situación con mejores perspectivas. El andalucismo socialista sigue anclado en los años ochenta del pasado siglo, reivindicando un nuevo 151 que lo tiene ya desde hace 37 años y que ha gestionado y gobernado él solo en exclusiva. En vez de ser un factor de reestabilización de la actual situación, a través de un discurso de potentes tonos reformadores, solidarios y democráticos, el actual PSOE andaluz se ha encerrado en un permanente bucle de simbólicos emblemas de hace treinta años. No está sirviendo para ayudar a dar ese salto cualitativo que necesita nuestra democracia y nuestro sistema autonómico sometidos ambos a un encorsetamiento y enfriamiento por parte del PP. No, lo que se necesita no es un Frente Unido Anticatalán; lo que necesitamos, andaluces, catalanes y españoles, es una apertura hacia nuevos terrenos de integración en el Estado por parte de catalanes y otras comunidades españolas. Captar la singularidad de Cataluña no es ceder al independentismo. Mostrar una actitud de apertura y de capacidad negociadora ante el proceso singular que está sucediendo en Cataluña no tiene por qué significar cesiones en el concepto de una sociedad solidaria y cohesionada. O los andaluces, socialistas y no socialistas, se dan cuenta de que es posible concebir en el futuro una realidad de diferencias y excepcionalidades, de asimetrías —sí, asimetrías, dichas sin temor— que no supongan desigualdades en derechos individuales, o esta comunidad del sur se quedará rezagada como instrumento de vanguardia política y autonómica. Cuando Andalucía ha encabezado el discurso de la renovación, del riesgo en nuevas fórmulas políticas de convivencia, de la capacidad de cambio, en general le ha ido bien a Andalucía y a España; cuando nuestra comunidad se ha arrinconado en un discurso defensivo, de viejas esencias retóricas, ha hecho el juego a la más rancia derecha centralista. Es tiempo éste para renovaciones del discurso y para cierta audacia, que no aventura, en la idea de España. Una idea de sociedad que ya nuestra historia republicana nos anticipaba. No sé si nuestros dirigentes andaluces serán capaces de situarse en esa nueva etapa.

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