Politicas municipales: «Una aventura incierta» de Jordi Borja, en La Vanguardia

«En las grandes y medianas ciudades han emergido nuevas o renovadas fuerzas políticas que han conseguido incluso ganar las alcaldías… ¿Para hacer qué? Han sabido conectar con un amplio espectro social por medio de la denuncia ante la incapacidad de la política de dar soluciones a sus problemas y por los abusos y privilegios de muchos gobernantes. Han propuesto regeneración democrática, acabar con la corrupción y los privilegios de «casta», se imponen el deber de la transparencia. Por sus orígenes, indignados, priorizan muchas veces los procedimientos más que los contenidos políticos. Se les juzgará por sus actos y por las mejoras de la calidad de vida ciudadana. La victoria electoral solo se confirma al cabo de cuatro años, mediante la reelección.

Obtener la alcaldía es solamente disponer de una entrada que permite acceder al poder local. La reelección es una victoria doble: la ciudadanía aprueba el mandato que te había dado y además te confía un segundo mandato para continuar en la misma dirección. No es suficiente multiplicar actuaciones inmediatas. Vivimos una época de grandes cambios. Hoy es fundamental promover intervenciones transformadoras que exigen dos o tres mandatos como mínimo: urbanismo y política de suelo, reformas institucionales como el gobierno metropolitano, centralidades periféricas y operaciones de vivienda con mixtura social, recuperación del control público de los grandes servicios urbanos, modernizar y ampliar las bases económicas del territorio, generalizar el uso de las energías renovables y promover comportamientos sociales sostenibles, modificar radicalmente el modelo de movilidad dominante, socializar el uso intensivo de las tecnologías de información y comunicación.

No se trata de lucirse con arquitecturas ostentosas y campañas de publicidad, pero sí mejorar el paisaje de la ciudad y sus centros, lo más visible. Es prioritario actuar de urgencia en favor de los colectivos vulnerables, pero no mejora la imagen del gobierno acompañarlo de discursos demagógicos. Hay que construir la imagen de que se gobierna la ciudad. Se gobierna con una mayoría estable en el Consejo Municipal que inevitablemente será pactada con partidos respetables aunque se sea crítico por su trayectoria anterior.

El programa electoral es un horizonte, pero hay que adaptarlo al marco político, legal y financiero. El gobierno debe tener un discurso claro y coherente y tomar decisiones que sean comprensibles para la ciudadanía. Evitar cualquier atisbo de clientelismo o privilegio. Se tiende a mitificar la movilización y la participación, derechos ciudadanos indiscutibles. Pero la gente sale a la calle o promueve asambleas sólo cuando lo necesita. Las instituciones no deben organizar la participación, sino establecer mecanismos para que los ciudadanos intervengan en los procesos deliberativos y de rendimiento de cuentas. Hay que demostrar que se gobierna ya, para todos los ciudadanos, no sólo para los votantes propios. Lo que no se hace o se pone en marcha el primer año es mucho más difícil hacerlo después. Si se fracasa, no se debe culpar a los opositores o a los poderes fácticos, se puede fracasar por no haber evaluado la resistencia de la realidad o por la incapacidad de encontrar las fisuras del desorden establecido.

Se echa en falta una visión y un proyecto de ciudad, sus centralidades existentes o necesarias, una estrategia económica integral que no se limite a criticar excesos reales (como el turismo), una propuesta innovadora metropolitana, una acción sostenida para acabar con la segregación social por medio de la vivienda. Los programas de las candidaturas novedosas no permiten casi nunca descubrir un sustrato cultural que facilite la interpretación de la ciudad actual y sus desafíos como los mecanismos especulativos; las potencialidades de las regiones metro­politanas; la fiscalidad supra­municipal para reducir las desigualdades; el replanteamiento de las relaciones público-privadas respecto a los bienes y servicios vinculados a los derechos ciudadanos básicos (agua, energía, comunicaciones, transportes, salud); la urgencia de una reforma radical de la legislación del suelo que desvincule la propiedad de este del uso, que debe ser de competencia pública. Los gobernantes no son teóricos, pero sí deben utilizar los conocimientos teóricos existentes para su gestión innovadora.

Al final de año, con el voto del presupuesto, habrá que exponer una propuesta de ciudad para los ejercicios siguientes. Entonces se verá si hay un proyecto posible y estimulante, con una base política e institucional estable. Se puede gobernar en minoría practicando un continuismo convencional, pero hacen falta mayorías para promover un proyecto transformador. Nadie tiene el monopolio de lo que desea o no una sociedad plural, ni la alcaldía, ni sus aliados, ni los opositores. Las grandes ciudades pueden proporcionar ejemplos que tener en cuenta. Para lo bueno y para lo malo».

Publicado en La Vanguardia el 9 de julio de 2015.