«¿Qué pasa en Estados Unidos?» de Esteban Illades, en Nexos

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“Ayer se llevó a cabo lo que en Estados Unidos se conoce como Super Tuesday, el día que tiene más elecciones estatales para elegir a los candidatos del Partido demócrata y el Partido republicano a la presidencia del país. Cada partido tuvo 11 elecciones, aunque no en los mismos estados.

Las reglas para asignar al candidato de cada partido son distintas y bastante complicadas. En casos extremos, algunos votos se llegan a decidir  incluso por volados (The Guardian, en inglés). Para no perder tiempo en esto, aquí hay una explicación concisa de cómo se asignan los llamados delegados, que son quienes votan por un candidato u otro dentro de su partido (El País, en español). Lo que nos interesa aquí, más allá del método y las reglas, esqué está sucediendo en las elecciones presidenciales en Estados Unidos. ¿Por qué va Donald Trump a la cabeza de los republicanos? ¿Es casi un hecho que Hillary Clinton sea la candidata demócrata? A continuación unos apuntes al respecto.

Los demócratas

Empecemos con el Partido demócrata, ya que es más sencillo de explicar que el republicano. En un inicio eran seis los precandidatos: Hillary Clinton, quien fue secretaria de Estado durante la primera administración de Barack Obama; Bernie Sanders, diputado y después senador de Vermont durante las últimas tres décadas; Martin O’Malley, exgobernador de Maryland; Jim Webb, exgobernador de Virginia; Lincoln Chafee, exgobernador de Rhode Island y Lawrence Lessig, profesor de derecho en Harvard.

Para cuando comenzaron las votaciones, sólo Clinton, Sanders y O’Malley estaban compitiendo, aunque O’Malley se retiró tras la primera votación, la de Iowa, en la que consiguió menos del 1% del voto (The Washington Post, en inglés). Como se esperaba, la disputa por la nominación quedó sólo en dos contendientes. Sin embargo, nadie, al menos dentro de la esfera de analistas estadunidense, preveía que Bernie Sanders llegase tan lejos.

¿Por qué? Porque, dentro del espectro político de Estados Unidos, Sanders es considerado demasiado a la izquierda, en gran parte por autodenominarse socialista. Pero esto resultó jugar a su favor. Dentro de los menores de 25 años, que sólo conocen una economía de salario mínimo, contratos laborales excesivamente flexibles, tasas exorbitantes en los préstamos bancarios para ir a la universidad y que ven cómo la desigualdad aumenta a niveles que sólo se observaban en tiempos del absolutismo francés (Nexos, en español), Sanders consiguió su mayor base de apoyo (BBC, en español). En algunas votaciones, por ejemplo, llegó a vencer a Clinton por más de 60 puntos en el rango de votantes menores de 25. El problema: los jóvenes son de los votantes menos frecuentes y menos confiables, lo cual hace difícil su victoria (The New York Times, en inglés).

Aun así, y gente del equipo de Sanders lo ha dicho en varias ocasiones, su campaña no está diseñada para ganar. Está diseñada para poner en la mesa varios mensajes que la élite política estadunidense ha ignorado por completo: el crecimiento sin límites de las casas de bolsa —identificado con Wall Street—, la pésima redistribución del ingreso, lo bajo del salario mínimo, lo caro que es matricularse y mantenerse en la universidad, el cambio climático y muchas otras más. (Aquí se puede consultar su plataforma, en inglés.) Lo importante para Sanders no es la victoria, sino que se escuche su mensaje. Y lo ha conseguido. En el discurso de Hillary Clinton después de su victoria en Super Tuesday, muchos analistas la acusaron de “haberse robado” el discurso de Sanders: al dar por hecho que su victoria la llevará a la elección general —lo cual es casi seguro—, Clinton empezó a acercarse a los votantes de Sanders. Por ello habló de redistribución de ingreso, entre otras cosas. (Aquí el discurso, en inglés, en el sitio de Vox.)

Hillary Clinton, por su parte, es una candidata de centro-derecha, aunque, una vez más, tomando en cuenta el espectro político de Estados Unidos, es vista como la más centrista de izquierda. Fue primera dama durante ocho años, senadora por Nueva York y secretaria de Estado. En ese sentido, y el problema mayor que tiene, es que en una elección en la que los extremos han tomado fuerza –Sanders del lado demócrata y Trump, de quien hablaremos más adelante, del republicano–, su mayor debilidad es ser vista como candidata del establishment. No es para menos, antes de que Jeb Bush suspendiera su campaña, existía una gran posibilidad de que el gobierno de Estados Unidos estuviera en manos de un Bush o un Clinton por sexta vez en ocho elecciones. La plataforma de Clinton (en inglés) es mucho más moderada que la de Sanders y eso también es una crítica importante: Clinton estuvo a favor de la Guerra de Irak cuando fue senadora, y ha sido cercana a varios de los grandes bancos, al grado de que ha recibido millones de dólares por dar discursos a compañías como Goldman Sachs (CNN, en español).

La nominación del lado demócrata está casi decidida. Sólo un milagro podría dar a Sanders el triunfo. Aunque muchos argumentaran que el simple hecho de hacer que se discutieran temas importantes en la campaña fue una victoria. Lo más probable, según palabras de Clinton, es que Sanders se incorpore a su gabinete en caso de ser elegida presidente.

Los republicanos

He aquí la gran incógnita de lo que sucede en Estados Unidos. ¿Cómo es que Donald Trump y Ted Cruz ocupan los primeros lugares para la nominación republicana?

Empecemos por lo básico: los republicanos iniciaron la precampaña con 17 aspirantes.Nunca en la historia de algún partido estadunidense había habido tantos (Time, en inglés). Tantos, incluso, que las cadenas televisivas tuvieron que hacer dos niveles de debate según encuestas: el primero para los candidatos que iban más abajo y el segundo para los punteros.

Los 17 candidatos eran: George Pataki, exgobernador de Nueva York; Lindsay Graham, senador de Carolina del Sur; Bobby Jindal, exgobernador de Luisiana; Scott Walker, gobernador de Wisconsin; Rick Perry, exgobernador de Texas; Jim Gilmore, exgobernador de Virginia; Rick Santorum, exsenador de Pennsylvania; Mike Huckabee, exgobernador de Arkansas; Rand Paul, senador de Kentucky; Carly Fiorina, expresidente de Hewlett-Packard; Chris Christie, gobernador de Nueva Jersey; Jeb Bush, exgobernador de Florida; Ben Carson, neurocirujano; John Kasich, gobernador de Ohio; Marco Rubio, senador de Florida; Ted Cruz, senador de Texas y Donald Trump, presidente de la compañía Trump.

Los debates entre 17 candidatos, diría el sentido común, son caóticos. Y así fue. No ha ayudado al hecho de que, al día de hoy, van más de 10, y continuarán mientras el Partido republicano lo considere necesario. Muchos candidatos fueron dándose de baja antes de que iniciaran las votaciones, y al día de hoy quedan cinco: Trump, Cruz, Rubio, Carson y Kasich. De ellos, Kasich es el más moderado —dentro de los estándares republicanos— al grado de que The New York Times (en inglés), lo considera el menos malo de los aspirantes republicanos, a diferencia de Clinton, a quien apoyó abiertamente a través de unendorsement…”

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