Reseña de Salvador Lopez Arnal al libro “Amor y capital. Karl y Jenny Marx y el nacimiento de una revolución” de Mary Gabriel. Rebelion y Mundo Obrero

amor y capital

“Ocho páginas de bibliografía, unas 100 páginas de notas, 40 páginas iniciales de cronología e informaciones esenciales sobre nombres y protagonistas, 837 páginas en total. ¡No se las pierdan! Si inician la lectura, no podrán dejarla.

¿ De qué van esas páginas? De la biografía humana, científica y filosófica de alguien que fue considerado hace unos veinte años un perro muerto. T para siempre. ¿Quién hablaría de él en estos términos en la actualidad? Miren, por ejemplo, lo que escribía John Thornhill, en el Financial Times, 28 de diciembre de 2006: “el reciente desarrollo de la mundialización que, desde muchos puntos de vista, recuerda a la época de Marx, ha conducido sin ninguna duda a un interés renovado por su crítica al capitalismo (…) ¿Cómo puede ser que el 2% más rico de la población adulta posea más del 50% de la riqueza mundial mientras que la mitad más pobre no posea más que el 1%? ¿Cómo se puede comprender el capital sin leer Das Kapital?”.

¿Y quien es, quién era este autor imprescindible que exige ser leído para comprender lo que está sucediendo en nuestro mundo un siglo y medio después de publicar su gran obra, un clásico que le exigió (a él y a sus más próximos) unos 20 años, un tercio de su vida, de estudio, escritura e investigación? Lo mejor en estos casos es tomar pie en informaciones de espías al servicio de la propia familia; en este caso, a sueldo del hermanastro de Jenny, entonces ministro del Interior de Prusia, un tipejo, Ferdinand, de mucho cuidado. Sólo la inmensa generosidad y amor de Jenny von Westphalen puede dar cuenta del cuidadoso trato que ella le dispensó. El informe del que les hablaba:

“Lleva una existencia de intelectual bohemio. Lavarse, arreglarse y cambiar las sábanas no son cosas que haga muy a menudo, y le gusta emborracharse… No tiene horas fijas para irse a dormir o para levantarse.. [como padre y esposo] es el más dulce y afable de los hombres… Marx vive en uno de los peores [Dean Street, el SOHO londinense] –y por tanto más baratos- barrios de Londres. Ocupan dos habitaciones… En todo el apartamento no hay ni un solo mueble sólido y en condiciones. Todo está roto y andrajoso, con un dedo de polvo en todas partes y el mayor de los desórdenes. En medio de la sala de estar hay una mesa grande y pasada de moda, cubierta con un pedazo de hule, sobre la cual están sus manuscritos, sus libros y periódicos, y también los juguetes de los niños, y retales del costurero de su esposa, varias tazas con los bordes mellados, cuchillos, tenedores, lámparas, un tintero, vasos de whisky, pipas de cerámica, ceniza de puro, etc. En una palabra, todo patas arriba y en la misma mesa… Sentarse se convierte en una cosa peligrosa. Una de las sillas solo tiene tres patas, en otras los niños juegan a cocinas; esta última parece tener cuatro patas y es la que suele ofrecerse a las visitas pero los restos del juego de los niños no se han retirado y si uno se sienta en ella puede echar a perder sus pantalones…. De vez en cuando se produce una animada y agradable conversación que hace olvidar las carencias domésticas y hace tolerables las incomodidades. Finalmente, uno se acostumbra a aquella compañía y la acaba encontrando interesante y original. Este es un auténtico retrato de la vida familiar del comunista Marx”.

Y qué denunciaba este comunista que decía no ser marxista? En 1888, cinco años después de su fallecimiento, Tussy (Marx: “ella soy yo”), su hija menor, lo explicaba así tras visitar el Londres obrero, el East End, donde daba charlas, en carta a su hermana Laura…”

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