“¿Revoluciones?”. Javier Aristu. en campo abierto

Ya está planteado y convocado el día D para la Declaración Unilateral de Independencia: lunes 9 de octubre a las 10 de la mañana. Tiempos cortos decisivos. Entre hoy y el lunes se pueden facilitar o desactivar procesos irreparables y que ocasionarían costos y sufrimientos en la gente común. El diálogo, la negociación, el reconocimiento del otro puede suponer el inicio de una nueva etapa que comience a dar salida a la presión acumulada; el rechazo y el enroque en las propias posiciones daría pie a un ciclo de tensiones y acciones que generarían, repito, sufrimiento y dolor a todos, españoles y catalanes.

Entre el 20 de septiembre y el lunes 9 se ha venido desarrollando en Cataluña –realmente, solo en Barcelona y en un reducido perímetro de su tejido urbano– un intenso proceso de actividad social callejera marcado por dos vectores: el objetivo de conseguir la independencia de Cataluña y el intento de quiebra de un modelo de estado democrático que algunos llaman “régimen del 78”. ¿Estamos hablando de una revolución de tipo político? ¿Se puede hablar ya de una “primavera en otoño” catalana? Algunos lo están deseando porque quieren verse reflejados en ese espejo de las revoluciones donde nos venimos observando desde que fuimos jóvenes.

Creo que en este proceso confluyen diversos y a veces contradictorios impulsos de la actual sociedad catalana.

Por un lado, resurge, como demostración de aquel vibrante acercamiento que hiciera Vicens Vives al temperamento e historia del catalán, a partir del estallido de ira, la protesta, la rabia, la rauxa. El historiador lo escribió mucho mejor que yo: «nuestra vida colectiva esté tejida por una sucesión de resurgimientos y decadencias; que disolvamos en pocas horas el trabajo de años de reconstrucción. Y luego, a empezar de nuevo, lamentándonos del tropiezo, pero sin meditar sobre ello, evitando plantearnos el análisis político, social y espiritual de los hechos, casi dispuestos a perdonarnos o bien a encumbrarnos en nombre de un patriotismo mal entendido. Casi diríamos —si esto no fuera desmentido por nuestra actuación cotidiana— que nos gusta tener esta historia atormentada, atemorizar a los extranjeros con la supuesta fuerza erosiva de nuestras acciones. Pero todos sabemos que nadie querrá embarcarse con nosotros, tomar parte en las empresas colectivas que proclamemos, si no vencemos de raíz los factores explosivos de nuestro temperamento y eliminamos todo histerismo en los días de responsabilidad suprema.». Como si fuera escrito hoy, y no hace más de medio siglo. Una vez más ha saltado la pared que contenía el fluir de una sociedad avanzada y civilizada, que ha pasado a ser, en buena parte, la protesta de muchos contra España, la fuente del mal.

Por otro, las viejas brujas de aquel carlismo montañés y del interior que recorrió las comarcas catalanas durante el siglo XIX y que consiguió que nunca esa sociedad rural catalana se sintiera a gusto en el proyecto liberal que construyeron intelectuales del interior y de la propia Cataluña. El independentismo de Esquerra Republicana, el de Junqueras, Rufián y Tardá, urbano, moderno y postmoderno, tiene también  indudables bases rurales anteriormente carlistas.

A su vez, la gente que ha salido a la calle estos días en el Passeig de Gracia es la última generación de catalanes, la que nacida entre 1990 y 2000, ha vivido el debilitamiento si no declive de un modelo económico, social y cultural del que le hablaban sus padres con orgullo: el régimen de Pujol y Convergencia, los Juegos olímpicos de 1992, el Ayuntamiento barcelonés de Maragall y del PSC, la industria puntera catalana, el modelo educativo catalán (¡esa Pompeu Fabra y esa ESADE!), etc. La Cataluña del paraíso se venía abajo, ya no tenían trabajo los chicos con diploma en ESADE o de la Escuela de Arquitectura de Barcelona. Mientras, observaban cómo Madrid se endeudaba hasta lo imposible para hacer de esa ciudad un punto de referencia europeo, gobernada por la derecha más reaccionaria española, pero punto de llegada de muchas modernidades.

Pero esos jóvenes del Enxample y de Sarrià no han estado solos: una extendida masa de ciudadanos que van desde los 50 a los 70 años ha salido a la calle junto a esos estudiantes. Es la generación de la Transición y la de los años de oro del PSOE-PSC –décadas de 1980-1990– que jugó su papel en aquellos tiempos como jóvenes que iban a conquistar los cielos. Son personas que militaron en aquellos años en el partido socialista (PSC), en el de los comunistas y continuadores (PSUC e Iniciativa): hoy participan en Omium Cultural y la ANC, y son la columna vertebral de esta nueva fuerza independentista que ha venido a sustituir a los partidos políticos clásicos. La gente sale a la calle cuando convoca ANC y Omnium, no porque lo digan Esquerra Republicana u otros. La biografía política del actual líder de masas Jordi Sanchez (ANC) es significativa: formó parte de la Crida de Solidaritat con Angel Colom, luego fue miembro de Iniciativa per Catalunya, adjunto al Sindic de Greuges (Defensor del Pueblo) Rafael Ribó, Consejero de la Corporación catalana de radio y televisión y director adjunto de la Fundació Jaume Bofill. Nada que ver con un líder social de masas clásico, la mayoría de esos años ha formado parte del organigrama de poder de Catalunya. Sanchez es el claro ejemplo de la nueva elite directiva catalana, la que quiere mandar en exclusiva. Si se mira la del otro líder, Jordi Cuixart, es igualmente llamativa. Cuixart, nacido en 1975, es empresario del sector metalúrgico, miembro de la patronal FemCAT, y forma parte de Omnium Cultural desde 1996. Los dos dirigentes de esas conocidas organizaciones de masas han venido sacando a la calle a miles de estudiantes, profesionales, autónomos, intelectuales y trabajadores bajo diversos lemas y convocatorias en los últimos años. Esos grupos sociales que ya han cumplido la mayoría los 50 y los 60 años están haciendo hoy “su revolución”, aquella que no pudieron hacer desde el poder décadas atrás.

Parece, por tanto, que esta “revolución de capas medias” ha sido capaz de fusionar diversos fluidos, procedentes de orígenes diversos y a veces contradictorios. El nacionalismo, como ningún otro movimiento o ideología, ha sido históricamente capaz de hacerlo; estos días en Barcelona lo ha conseguido. Algunos creen, dejandose seducir por ese discurso, que realmente se trata del “pueblo en la calle”; pienso que es más bien una parte de ese pueblo.

El formato de esta movilización ha sido también un ejemplo de cómo se ha ido “leyendo y comprendiendo” lo que ha ocurrido en estos últimos veinte años en Europa y en el resto del mundo. Las manifestaciones, concentraciones y demás acciones que hemos visto responden a estos parámetros: pacifismo, no violencia (la verbal, toda lo quieras), simbolismos gestuales (manos abiertas), cantos de L’estaca – lo cual recoge cierta liturgia de la mejor Transición–, sentadas para que la policía les saque a rastras, estética de banderas y confluencias de masas en la calle (fotos aéreas), etc. Todo aprendido de las revoluciones de terciopelo del este europeo de 1989, de las “primaveras árabes” de 2010-2013 y, muy especialmente, del 15M español de 2010. La semana del 1-O catalán es el estanque donde, de momento, han venido a confluir todas esas revoluciones frustradas o triunfantes de estas dos décadas pasadas.

Solo está fallando un dispositivo decisivo: la inteligencia de la vanguardia política. Llevar la dinámica hasta la DUI supondrá el fracaso y frustración brutal de las masas. Algunos ya se han dado cuenta: es significativa la actitud del histórico dirigente Ribó, hoy Sindic de Greuges, que como buen lector de la literatura comunista sabe que siempre hay que dar una salida política a la presión social de los tuyos con el riesgo, si no, de que se vuelvan contra ti. Y muy determinante la convocatoria de esa Comisión Independiente para el Diálogo centrada en el Colegio de Abogados de Barcelona, o la de la gestión de Pablo Iglesias y Unidos Podemos que, también buenos lectores de literatura revolucionaria, son conscientes del riesgo que tiene sacar las masas a la calle y no dar salidas políticas que no sean el abismo.

Tengo la impresión de que el único que, aparentemente, no se ha dado cuenta de eso es Puigdemont: pero ya sabemos que toda revolución corta cabezas, metafóricamente hablando…

De cualquier manera estamos asistiendo a un singular proceso social que dentro de años será estudiado en las facultades de políticas: confío en  que esos futuros profesores y analistas saquen las lecciones que otros colegas suyos de hoy no han sacado de las revoluciones anteriores.

¿Revoluciones?