Septiembre de 1936: la República tiene perdida la guerra (I)

9 de junio 2020.

Ángel Viñas

En este blog he escrito en ocasiones sobre las escasas posibilidades de la República de salir con bien de la guerra civil. En los comentarios de los amables lectores en la página equivalente de Facebook se han reflejado recientemente ideas que me parecen un tanto desenfocadas. Voy, pues, en vez de dar respuestas directas a elegir un camino indirecto en este y en los próximos posts. Combinaré temas conocidos con EPRE desconocida. No pretendo, por supuesto, escribir algo final. Solo los incautos, los prepotentes o los estúpidos creen en la historia definitiva. Personalmente, después de haber cambiado tantas veces de opinión sobre ciertos temas en función de nuevas evidencias, estoy a prueba de sorpresas y por ello procuro mantener la mente abierta a lo que pueda descubrir u otros descubran. Únicamente hay dos cosas superseguras en la vida: hay qe pagar impuestos y hay que viajar, en tren rápido o lento, según los casos,  al más allá (remedando a B. Franklin).

 

Para prevenir que algunos lectores me tiren a degüello por el título de este post tengo que empezar diciendo que la afirmación de que la República había perdido la guerra en septiembre de 1936 no es mía. Es una forma impactante de traducir en lenguaje de nuestros días lo que pensaba el presidente Don Manuel Azaña en aquellos momentos. Él lo escribió, por supuesto, con mayor donosura: “LA VICTORIA ES UNA ILUSIÓN”.

No lo dijo, por supuesto, en uno de sus escasos discursos de la época. El primero que había dado, tras la sublevación, contenía tonos heroicos. Fue una alocución por radio, en la noche del 23 de julio. Dirigió sus palabras, de aliento y gratitud, a todos los defensores de la causa de la ley, que era la de la República, y de admonición grave y severa a los culpables del “horrendo delito que tiene destrozado el corazón de los españoles”. El pabellón nacional, aseguró, ni se había arriado ni se arriaría. Del esfuerzo y sacrificio colectivo saldrían la República y España más “fuerte e indisolublemente unidas con sus libertades”.

Expresó su gratitud a quienes combatían por la libertad y la República y mencionó específicamente a los cuerpos y unidades del Ejército que se habían mantenido fieles al régimen, a la Guardia Civil, a otros institutos gubernativos, a la aviación republicana y a las muchedumbres populares.

En lo que se refería a los sublevados, a quienes habían desgarrado el corazón de la Patria, a los culpables de que se vertiera tanta sangre, ¿no veían que su empresa había fracasado? Responderían ante la conciencia nacional, “como un día han de responder ante la historia”.

Pero mes y medio más tarde las cosas habían cambiado. La rebelión no se había extinguido. Al contrario: avanzaba impetuosa hacia Madrid.  El Gobierno del 19 de julio se había tambaleado. No era representativo de la nueva correlación de fuerzas ni de la situación tal y como había ido desarrollándose. El partido principal de la oposición, el PSOE, estaba fuera del gobierno; las masas anarcosindicalistas no estaban representadas en él; el hundimiento de la autoridad del Estado era un hecho. Y, naturalmente, se había desatado la violencia, en los frentes y en la retaguardia. ¿Qué había pasado?

Una primera respuesta la dio Azaña tres semanas después a un escritor francés, judío, de orientación socialista y ya en un camino que le acercaba al PCF, Jean-Richard Bloch. Fue presciente. El 15 de agosto le explicó que una derrota del Frente Popular en España no solo representaría la derrota del francés sino también la de la propia democracia francesa. Como Azaña ni era un mago ni un alquimista y tampoco podía ver en una bola de cristal lo que sería el futuro, cabe conjeturar que divisaba en el horizonte graves peligros para ambos regímenes. ¿De dónde podrían proceder? Solo de ciertos países que no identificó: Alemania e Italia. Eran los que ya habían empezado a intervenir en España.

El mes siguiente empezó con un cambio de Gobierno, acercándose a la idea de formación de un auténtico Frente Popular. Como es sabido, para este período Azaña no mantuvo un diario. Lo que pensó hay que inferirlo de unas notas apresuradas, tomadas quizá como recordatorio, sobre la marcha y espontáneas.  Normalmente, el lector normal acudirá, como ha hecho servidor, al volumen VI de las Obras Completas de Azaña, en la edición más reciente que es la que hizo el añorado profesor Santos Juliá. En ellas se encontrará con que tan destacado azañista incurrió en el mismo error que Enrique de Rivas, hijo del cuñado de Azaña, en sus comentarios y notas a los “Apuntes de memoria”. Una parte de ellos, que ambos autores sitúan en 1937, no corresponde a este año sino, precisamente, al verano del año anterior, es decir, los tan poco conocidos, en la perspectiva de Azaña, meses de agosto y septiembre. La única explicación que encuentro es que Rivas los pusiera -si es que no los había encontrado juntos- con los apuntes del año siguiente. Pero he de confesar que me sorprende que ninguno de ambos se hubiera dado cuenta de ello. Ruego a los amables lectores que no tomen esta afirmación como sentada ex cathedra. Servidor no las hace nunca. Puedo equivocarme. Y si me equivoco, estoy siempre encantado de reconocerlo.

Sin embargo hay alusiones en esos “Apuntes” que no permiten otra interpretación que la mía. La más clara y evidente dice así: “En septiembre nuevo gobierno”. Como es obvio, no hubo gobierno nuevo en septiembre de 1937, luego tuvo que ser en el año anterior. Añádase una referencia a Ossorio y Gallardo que habría dicho “se ganará la batalla de Talavera”. Esta no se ganó ni fue propiamente una batalla. Talavera cayó en poder de los sublevados el 3 de septiembre de 1936, la víspera de la entrada en acción del nuevo Gobierno. En el mismo mes se inició una remodelación de embajadores y Azaña citó los casos de Ossorio y de Fernando (de los Ríos).

Con todo, hay un tercer ejemplo que es para nosotros más interesante para nuestros propósitos. El nuevo Gobierno, presidido por Largo Caballero que también asumió la cartera de Guerra, había preparado de inmediato una serie de notas diplomáticas de extrema dureza a remitir a las embajadas de las potencias fascistas. En ellas se detallaban las pruebas en poder de los gubernamentales acerca de sus intervenciones respectivas en favor de los sublevados. Azaña pidió que le mostraran los borradores. Así se hizo. Su impresión fue que se trataba de auténticos ultimátums.

Así lo explicó, pues, en sus Apuntes, sin que ni Rivas ni Juliá se dieran cuenta de la ucronía:

“Los proyectos de notas a Alemania e Italia aprobadas en Consejo. No me dan cuenta. Viene Vayo. Me explica su tenor, pero no literal.  Viene Álvarez Buylla en audiencia. Me habla del tenor durísimo de las notas. Le pregunto a Vayo si las ha transmitido. “Aun no; esta tarde”, “Quiero conocer el texto. No las envíe”. Las recibo a las 2.30. Eran dos ultimátums. Reflexiones. Al Presidente [Largo Caballero]. Se reúne el Consejo. “Ustedes quieren declarar la guerra”. ¿Y si no nos hacen caso?”. Las modifican”.

Azaña, con cierta mala uva, añadiría para sí: “Una cosa es periodismo, y otra democracia”.  Los amables lectores podrán pensar que lo antecede no es importante. Lo es y mucho. No solo determinan el momento temporal a que se refiere esta parte de los “Apuntes de memoria”, sino que explican con toda claridad lo que Azaña anotaría, apresuradamente, acto seguido.

Pensando todavía que Ossorio y Gallardo iba a ir de embajador a Ginebra, a la Sociedad de Naciones, aprovechó la ocasión de una conversación con él para atemperar su optimismo sobre la marcha de la guerra. Es cuando el presidente de la República afirmó LA VICTORIA ES UNA ILUSIÓN.

No sabemos si la reacción siguiente que Azaña consignó fue de Ossorio o una reflexión propia. Si la victoria era una ilusión, “entonces hay que tratar con Franco”. Obsérvese la referencia a Franco. Todavía no había sido nombrado cabecilla de los sublevados, pero ya en las alturas republicanas se le identificaba como tal. ¿Problema? ¿Quién iba a decírselo a la gente?

Azaña, antes de que Ossorio fuera a Ginebra (se le destinó a Bruselas y la delegación ante la Sociedad de Naciones quedó sin embajador, un error gravísimo que debe ponerse con letras más que superrojas en el debe de Largo Caballero y de Álvarez del Vayo, ministro de Estado,  como responsables inmediatos), le habló de su “proyecto de mediación y plebiscito. Dificilísimo, creo yo, pero el único camino”.

¿Conclusión? A mitad de septiembre, más o menos, Azaña no creía en la victoria republicana. Habló de ello a Besteiro y a Sánchez Román. Ambos estuvieron de acuerdo. También habló con Prieto, nuevo ministro de Marina y Aire, que lo estimó “irrealizable e inútil”. Seguidamente con Álvarez del Vayo, “que no lo toma en consideración”. Finalmente habló con Araquistáin, consejero áulico de Largo Caballero y próximo embajador en París: “a las primeras palabras, hace una mueca de extrañeza”.  Azaña volvió a hablar con Ossorio que, entonces, rechazó el proyecto y añadió “si no hay victoria no queda más recurso que morir”. Muy dramático pero, para muchos, tremendamente acertado.

Todo lo que antecede demuestra dos cosas: en septiembre de 1936 Azaña no veía posibilidades de victoria. Evidentemente, no exteriorizó en público sus sentimientos. Se plantean dos cuestiones. La primera es la siguiente: ¿Estaba solo Azaña en sus dudas? ¿No las tendrían otros también? La segunda es el por qué. ¿Qué había pasado para que en menos de dos meses se hubieran desplomado sus primeras esperanzas?

A estas dos preguntas tratarán de responder los posts siguientes. Dejo sin responder una pregunta que no hago: ¿Qué hubiera ocurrido de haber exteriorizado Azaña sus temores?

 

Referencias (por orden de fecha de publicación: 1990, 2006, 2008).

Enrique de Rivas: Apuntes de Memoria (inéditos), pp. 208-211.

Angel Viñas, La soledad de la República, pp. 258s.

Santos Juliá: Obras completas de Azaña, vol. VI, pp. 4-7, 282.

(seguirá)

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