“Sevilla: ¿Mercado o fortaleza?”. Javier Aristu. en campo abierto

La ciudad de Sevilla tiene un componente esquizofrénico con el pasado. A esta ciudad a orillas del Guadalquivir la vuelve loca un olor de incienso por las calles que anuncia ya la Semana Santa, la enternece cualquier retablo barroco cargado de oros y angelitos y una fracción consistente de su ciudadanía suele desvanecerse ante la recuperación de una vieja talla de un Cristo crucificado…pero desprecia todo valor histórico que no tenga que ver con ese arquetipo cofrade o religioso. Hoy se estrena en el canal Movistar la serie La Pesteque acaba de realizar el sevillano Alberto Rodríguez y que transcurre en la ciudad del siglo XVI: veremos cuáles son las reacciones del senado capillita.

Llevamos desde hace una buena temporada asistiendo a una batalla político-inmobiliaria a propósito del pasado y de la memoria de ese pasado. Resulta que en pleno centro de Sevilla, a cincuenta metros de La Campana, permanece deshabitado y descompuesto un edificio que forma parte de la historia de Sevilla, en este caso de un capítulo negro de la crónica urbana y social. Hablo del edificio de la antigua Jefatura Superior de Policia de La Gavidia, donde asentó sus reales la siniestra Brigada Político-Social que persiguió con saña y crueldad hasta la primavera misma de 1977 a los demócratas y resistentes al franquismo.

El edificio es una interesante muestra de la arquitectura modernista de los años sesenta del pasado siglo. Frente a la mole de la que fue sede de la Dirección General de Seguridad en Puerta del Sol de Madrid, o la pétrea fachada del centro de Via Laietana de Barcelona –edificios ambos clásicos pero contenedores a su vez de humillaciones, torturas y vejaciones durante varias décadas–, el edificio de La Gavidia es representativo por su ligereza, austeridad y modernidad. Nadie podía imaginar que en 1962 la Seguridad del estado franquista iba a encargar una obra de ese estilo: el edificio está construido en acero, vidrio y revestimiento de piedra y fue diseñado por el arquitecto catalán Ramón Montserrat. Es una muestra catalogada como representativa del Movimiento Moderno.

Por ese edificio, desde aproximadamente 1965 y hasta precisamente 1977 (soy testigo de ello) pasaron decenas, centenares de resistentes, especialmente de la izquierda. Sus calabozos del sótano albergaron a detenidos que pasaron a veces allí semanas, sufriendo un trato inhumano, hasta que pudieron ser enviados a un juez. Es considerado un lugar de la memoria de la resistencia a la dictadura.

Ahora lo quieren convertir en un hotel –uno más a la lista hotelera de la ciudad de las maravillas– o en un gimnasio con jacuzzi. El ayuntamiento hispalense, gobernado por socialistas, se ha inclinado decididamente por convertir ese lugar y todo el centro de la ciudad en un hotel o en un comercio. En vez de encabezar propuestas de regeneración urbana y social a partir de una puesta en valor de lo público y del valor histórico se ha lanzado a una tarea comercializadora y privatizadora sin sentido. Se trata de vender el edificio al mejor postor y aquí paz y mañana gloria, mientras ingresa unos millones de euros para las arcas municipales.

¿Qué consigue con esa operación la ciudad? Entre otras cosas desprenderse de un patrimonio urbano importante en pleno centro de la ciudad; incrementar la oferta hotelera que posiblemente está convirtiéndose ya en una amenazante burbuja de la que a lo mejor en un futuro nos tendremos que lamentar; desalojar todo el perímetro del centro sevillano de cualquier atisbo de propiedad pública privatizando y mercantilizando todo ese conjunto urbano. Y, finalmente pero no menos importante, borrar de la memoria colectiva un lugar decisivo a la hora de hacer mención del terror y la represión que allí se practicó.

En estos años se han desarrollado operaciones y debates relativos a especiales lugares donde se centró la represión. Las cárceles de Carabanchel y la Modelo de Barcelona han sido representativas de cómo muchas veces se desprecia el valor de la memoria colectiva e institucional. No se trata de hacer mitologías ni celebraciones retóricas; hablamos simplemente de poner en valor la importancia de ciertos hechos históricos que, además, son indicativos de una parte oscura de nuestra historia.

Me acuerdo de una obra del memorable sevillano por adopción don Ramón Carande: Sevilla, fortaleza y mercado. Las ciudades son, efectivamente, mercado (así nacieron, en torno a las ferias y mercados) pero también deben ser fortaleza, no ya frente a guerras de sitio sino de la memoria de sus gentes, castillos inexpugnables donde se guarde el conjunto de testimonios y crónicas que han ido dando sentido a la ciudad. La Gavidia debe ser un elemento de esa “fortaleza de memoria” que este ayuntamiento no tiene al parecer empacho en destruir. No se trata de conservar solo un edificio; se trata de atesorar el significado y símbolo de ese continente arquitectónico. El significado es evidente: mantener la memoria colectiva del atentado a los derechos humanos que allí se cometió. Las fórmulas son varias, se puede diversificar el edificio en varias y complementarias actividades y funcionalidades pero siempre dando prioridad a los intereses colectivos, públicos, sociales, frente al valor mercantil y al beneficio de unos particulares. Propuestas para ello existen, y necesidades de la ciudad también.

¿Tan difícil es que un gobernante público, socialista para más señas, entienda esto?

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