“Sin salida en el Sáhara Occidental: los jóvenes piden la guerra” de Eugenio G. Delgado, en fronteraD

David-Aguero (1)

La Republica Árabe Saharaui Democrática (RASD) cumplió el pasado 27 de febrero 40 años en el exilio. Demasiados para una juventud conectada constantemente al móvil, que ha perdido la confianza en la comunidad internacional para encontrar una solución pacífica y que se muestra hastiada con sus propios políticos del Frente Polisario por inacción y falta de soluciones cercanas.

Cuarenta años después, los saharauis siguen divididos entre los campamentos de refugiados en Argelia, los territorios liberados –un 20% del espacio total que reclaman– y los ocupados por Marruecos –80%–. Cuarenta años que se traducen en los asentamientos en hartazgo y pérdida de confianza entre la juventud saharaui en una solución pacífica a través de la comunidad internacional, pero también ante sus propios políticos a los que reclaman más acción y soluciones inmediatas. Una situación sin salida, empantanada en 1991 cuando se firmó un alto al fuego entre el Sáhara Occidental y Marruecos, promocionado por la ONU, para que se celebrase un referéndum de autodeterminación, que continúa en el limbo ante las trabas alauitas para establecer el censo. El Sáhara Occidental es el único territorio de toda África aún por descolonizar.

Dejando de lado las coincidencias rituales –culturales– que durante siglos han compartido las tribus nómadas mientras perseguían las nubes y sus lluvias para encontrar terrenos de pasto fértiles para sus camellos en el desierto, la conciencia ideológica, política y nacional de un país llamado Sáhara Occidental se forjó como consecuencia de la época colonial española (1885-1976), quedando cristalizada en los últimos estertores de Francisco Franco Bahamonde. Al Movimiento de Liberación Saharaui de Basiri (1969) le siguió el Frente Polisario, nacido en 1973. La República Árabe Saharaui Democrática (RASD) se proclamó el 27 de febrero de 1976. Unos meses antes, el 14 de noviembre de 1975, Madrid había firmado el Acuerdo Tripartito con Marruecos y Mauritania por el que se marchaba del Sáhara Occidental, la provincia número 51 de España, sin mirar atrás y transfiriendo la administración a estos dos países sin reconocimiento de la ONU. Y el 20 de noviembre, también de 1975, murió Franco, el dictador español.

Smara es el asentamiento saharaui más grande en la hamada negra argelina de los cuatro principales (El Aaiún, Auserd y Dajla son los otros tres), más la capital administrativa, Rabouni. Se encuentra en mitad de la nada, en un desierto de arena y piedras, conectado con Tinduf por una carretera bien asfaltada y salpicada de controles militares argelinos. Llanura en la que se pierde la mirada sin llegar nunca al horizonte y que carece, casi por completo, del atractivo de las dunas. Allí, en casas de adobe rematadas con tejados de uralita sujetos por grandes piedras –para que no se vuelen con el viento siroco y las tormentas de arena–, y jaimas como punto de reunión social y familiar alrededor del té –el omnipresente té–, sobreviven de la ayuda internacional entre 40.000 y 50.000 personas de los, aproximadamente, 175.000 refugiados saharauis que aún permanecen en los campamentos. En los territorios ocupados por Marruecos continúan unos 500.000. En total, la población de un Sáhara Occidental libre ascendería, según datos del Frente Polisario, a unas 800.000 personas, incluidas las que también residen en España, Francia o Cuba.

En Smara los jóvenes tienen poco que hacer y mucho que pensar y que teclear en sus móviles. La comunicación es barata y está presente y activa, lo que les permite un contacto con el mundo exterior al que no accedieron sus mayores. Como ejemplo de conectividad no es raro el préstamo amistoso del router de un vecino a otro durante una tarde o un día para que coja “la wifi”.

Pasean, y mucho, pero en coche –el que más se ve es el Mercedes 190 con piel de cabra en el salpicadero– por la pista de arena que cruza el campamento a modo de calle principal y arteria social. Detienen el “carro”, dice vacilando el conductor, que ha estudiado en Cuba, después de preguntar “¿De dónde eres?” –requisito indispensable para que ellos te cuenten dónde han estado fuera de los campamentos–. Tres amigos con sus tres respectivos móviles se sientan en uno de los pocos bares que hay –he contado tres en Smara– para tomar “una Coca y un bocadillo de patatas fritas”, aderezado con una especie de carne rosa fluorescente –algo así como concentrado de cordero y ternera–, kétchup y mahonesa. Comen y hablan. Y lo que muchos piensan es que la situación es insostenible.

“No queremos estar otros 40 años aquí como han pasado nuestros padres. Tenemos que hacer algo porque nadie nos hace caso en el mundo. Nuestros políticos también tienen responsabilidad después de tantos años. Deben moverse porque, si no lo hacen, lo haremos nosotros”, comenta Brahim Salek, de 23 años, el cubano recostado en una silla de plástico de terraza de verano, dentro de un local que vende –recalienta– pizzas traídas de Tinduf, la ciudad argelina más cercana, a 50 kilómetros de los campamentos de refugiados saharauis, y a cuyo aeropuerto militar es obligatorio volar para llegar a ellos.

 

‘Nuestra’ familia saharaui

“Aquí no se puede trabajar ni pensar en un futuro, solo ir a la guerra, esperar como nuestros padres o intentar irnos a España dejando a nuestras familias. Esta última opción no nos gusta a los saharauis. Tenemos que estar juntos para luchar por nuestro país cuando llegue el momento. No creo que el referéndum llegue nunca”, comenta enfadado Babia Mohamed, un chico de 19 años que conoció la vida occidental en un pueblo de Pontevedra hasta los 12 gracias al programa Vacaciones en Paz, que permite acoger a 10.000 niños saharauis cada año durante dos meses en España en verano, cuando el termómetro alcanza en los campamentos de refugiados en Argelia más de 50º centígrados y no existe sombra para protegerse. Únicamente, permanecer en casa hasta la noche.

En los días que pasan con sus familias de acogida les realizan chequeos médicos completos, revisiones dentales y les tratan de enfermedades que puedan sufrir, la más habitual la desnutrición crónica. Además, se establece un vínculo con las familias españolas que permanece en los años con visitas temporales a los campamentos de refugiados, envío de dinero, material médico o ropa. Esta es la labor que realiza por ejemplo la asociación Rivas-Sahel, según comenta Jesús Olmo Adalid: “La situación que sufren es totalmente injusta y a nadie parece interesarle. España tiene mucha responsabilidad en buscar una solución. Se te parte el alma cuando acoges a un niño o niña y luego se tiene que ir porque ves que su problema tiene una solución muy complicada y no parece cercana”. Junto a su mujer, África Sánchez Hijón, han acogido los dos últimos años a Tfarah, pero la niña ha cumplido 12 y ya no podrá volver a España. “Si ves sus dibujos, siempre aparecen banderas saharauis o referencias a la libertad. Lo tienen interiorizado y no van a parar hasta tener su libertad. Ella y su familia son nuestra familia saharaui y esperamos que lo consigan pronto”, afirma África, educadora infantil…”

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