Sobre el futuro del Derecho del Trabajo: “El futuro no volverá a ser el que fué” de Umberto Romagnoli en Según Antonio Baylos…

mañana será

Se publica en rigurosa exclusiva, un texto de Umberto Romagnoli que aparecerá en el número 10 de la Revista “Trabajo y Derecho”, cuya traducción ha corrido a cargo de Margarita I. Ramos Quintana, subdirectora de la misma. La foto que ilustra este texto de Romagnoli no debe sin embargo ser interpretada en el sentido literal de la imagen que aparece en el escrito, sino por el contrario, como un símbolo de los juristas del trabajo que intentan arrojar luz sobre la transición en la que estamos inmersos hacia nuevos paradigmas del Derecho del Trabajo. Sobre esto precisamente versa el texto que a continuación se inserta, que viene a relacionarse directamente por cierto con la temática debatida en el Curso de Expertos Latinoamericanos en Relaciones Laborales que se está celebrando en Toledo  a partir del lunes y del que este blog oportunamente ha dado cuenta ayer.

Umberto Romagnoli

El futuro  no volverá a ser el que fue

En “Agáchate, maldito”, película rodada por Sergio Leone en 1971, uno de sus protagonistas –no recuerdo si las palabras fueron pronunciadas por el simpático ladrón-villano o por el terrorista irlandés huido sobre todo de sí mismo- en un determinado momento, dice: “Donde hay revolución, hay confusión y, donde hay confusión, alguien que sabe lo que quiere tiene mucho que ganar”. Se trata de una frase que expresa bien la idea del derecho del trabajo,   ahora que los gobernantes de los países europeos en los que nació hace más de cien años están destruyendo su estatuto epistemológico. Solamente una situación de emergencia como la actual puede explicar la creciente frecuencia de las preguntas  que me veo obligado a formular: “dónde va el derecho del trabajo? a qué fin atenderá?  tiene todavía un futuro?.”

No puedo ocultar que esta cuestión me resulta tanto gratificante como embarazosa. Me halaga, de hecho, pensar que los caminantes obligados a transitar en la oscuridad esperen de mí el milagro que permita que logremos comprender mejor. A fin de cuentas, asumo con naturalidad que haya podido extenderse el rumor  de que el título de profesor emérito de derecho del trabajo me corresponde por usucapión, puesto que de él me ocupo desde hace más de medio siglo y porque soy uno de los miembros más antiguos del star-system académico de los juristas-escritores. Sin embargo,  y al mismo tiempo,  la cuestión me preocupa,  porque  sé que mis interlocutores se darán cuenta rápidamente de que pueden hacer de la autoridad que (por su bondad) me atribuyen, un uso patéticamente impropio. En realidad, pueden  servirse como  los borrachos se sirven de las farolas: no por la luz que de noche brilla  sobre las calles, sino por lograr mantenerse en pie. La verdad es que no me es posible defraudarles porque no formo parte de la categoría de aquellos visionarios a los que les resulta fácil predecir el futuro. Yo, más modestamente, considero una verdadera fortuna haber comprendido que, en materia de reglas del trabajo, se ha establecido una nítida frontera entre un “antes” y un “después”. Sin embargo, dicha frontera no me atrevo a cruzarla. Me atengo a una única certeza: el futuro del Derecho del Trabajo no volverá a ser el que fue. Ello es así por la simple y decisiva razón que deriva de que, a fuerza de moderar la pretensión de conseguir la cuadratura del círculo, avergonzados de impulsarla o intimidados por su radicalidad, con el transcurso del tiempo inadvertidamente hemos perdido la noción tanto del cuadrado como del círculo.

En efecto, los juristas del periodo postconstitucional han consentido y, conscientemente o no, han colaborado en el deterioro de la brújula que, incluso en los peores momentos, ha orientado la evolución del derecho del trabajo y ahora no son capaces de otra cosa que formular hipótesis de retorno al primitivismo de los orígenes. Habrá, tal vez, una especie de atajo para simplificar, pero sería antes que nada una manera arrogante de dar por cerrado un ciclo histórico completo para rediseñar la identidad del derecho del siglo XX más eurocéntrico con el propósito de hacerlo más compatible con el horizonte de la orientación predominante.

La brújula,  convertida gradualmente en inutilizable, y finalmente a punto de ser destruida,  fue fabricada en la oficina de los torneros que confeccionaron la Constitución,  cuyo artículo 3 expresa un rechazo del orden existente y al mismo tiempo, el compromiso de superarlo. Ni siquiera la Constitución de Weimar, invocada de muchas maneras por la nuestra, se atrevió a juridificar la tensión dialéctica existente entre igualdad formal e igualdad sustancial de la que, no casualmente, el propio derecho del trabajo daba testimonio. Cómo decir que, si la nuestra es una Constitución sincera, se lo debe a su art. 3: o sea, a su precepto más importante, así considerado también por Piero Calamandrei, quien igualmente detestaba las  denominadas normas programáticas. Después de haber proclamado que todos los ciudadanos son iguales ante la ley, el precepto no duda en admitir que no se trata de una verdad absoluta, como por otra parte debe constatar el común de los mortales cada día; y no será verdad hasta que la República no haya eliminado “los obstáculos de orden económico y social que, limitando de hecho la libertad y la igualdad de los ciudadanos impiden el pleno desarrollo de la persona humana y la efectiva participación de todos los trabajadores en la organización política, económica y social del país”. Por tanto, puesto que el trabajo es el elemento constitutivo de una infinidad de sistemas de relaciones sociales de ámbito y alcance diversos, es evidente que su derecho no puede dejar de reconstruirse sino bajo el criterio inspirador de transformación indicado por la Asamblea constituyente, convirtiéndose así en el vehículo privilegiado a tal fin. Cómo decir que los padres constituyentes, asignando al derecho del trabajo el deber de contribuir a delimitar el retorno a la democracia prometida, impusieron al mismo tiempo la tarea de reinventarlo, porque lo heredado del pasado estaba impregnado de ideología fascista. En suma, el derecho del trabajo del período postconstitucional  no habría podido contribuir a la renovación de la sociedad más que renovándose a sí mismo.

Al respecto, a lo largo del tiempo  se cuentan muy pocas fracturas o rupturas. La elección de fondo ha sido preferir el buril al hacha, aceptando a beneficio de inventario la herencia del derecho preexistente, dado que la pésima reputación del de cuius obligaba a adoptar algunas cautelas…”

Texto completo en http://baylos.blogspot.com.es/2015/09/el-futuro-del-derecho-del-trabajo-habla.html