“¿Te quedarías a vivir dentro de estas páginas?” de Marta Sanz, a propósito de “Mujercitas” de Louisa May Alcott. Revista de libros

mujercitas

“Aunque es obvio que todos leemos desde nuestros prejuicios, en este caso la advertencia resulta oportunísima. Mujercitas de Louisa May Alcott es una novela que siempre estuvo situada, dentro de mis estanterías mentales, al lado de lo cursi, almibarado, sentimental, blando, doméstico y de todas esas connotaciones de lo esencialmente femenino de las que procuraron apartarme desde la infancia: en muchos hogares de los años setenta sabían que lo femenino era lo marcado y, en consecuencia, a muchas niñas nos educaron como a verdaderos hombres –arreglábamos grifos, jamás bordábamos– para no perpetuar una diferencia que siempre nos colocó en desventaja. Pese a la independencia, creativa y colérica, de una Josephine (Jo) March que escribe cuentos y es capaz de cortarse el pelo –larguísimo– para ganar unos dólares con los que colaborar en la curación y regreso al hogar de su padre, cuando yo era niña disfrutaba más leyendo los libros de Julio Verne, Stevenson o tebeos, muchos tebeos, entre los que destacaba una buena selección de historietas femeninas protagonizadas por Lili, Esther (y su mundo) Candy, modelo en apuros, posiblemente tan rancias y estereotipadas como mis propios prejuicios sobre Mujercitas. Confieso que leía esas historias con cierta vergüenza. Lo cursi asociado a lo femenino me hizo abominar del color rosa durante mucho tiempo e impostar un papel de chicazo que, en el fondo, se parecía mucho al de Jo March. Así que no leí Mujercitas cuando hubiese debido hacerlo. Como mucho, hojearía las versiones ilustradas y abreviadas de Joyas Literarias Juveniles o la Colección Historias Color de la editorial Bruguera.

También vi en la televisión las películas de George Cukor (1933) y de Mervyn LeRoy (1944). La segunda –que mi idolatrada Katherine Hepburn me perdone– es para mí la auténtica Mujercitas de la sobremesa sabatina, la única que podía competir en empalago con Sissi emperatriz (1956): la pizpireta June Allyson, la conmovedora Margaret O’Brien, las guapísimas Janet Leigh y Elizabeth Taylor –con su pinza en la nariz–, y Mary Astor, que interpretaba el papel de la mamá de todas ellas olvidando sus estupendos tiempos de ambigüedad mortífera en El halcón maltés (John Huston, 1941): posiblemente la contrafigura perfecta de estas mujercitas sean las fatales del cine negro. Por su parte, Peter Lawford, que daba incalificables saltitos al bailar en la película, en la novela es un personaje muy curioso: un adolescente que mantiene entrañables relaciones de amistad con un grupo de mujeres que cosen y cantan himnos mientras tocan el piano. Lo cierto es que en las películas se combinan elementos de Mujercitas y de su secuela literaria, Aquellas mujercitas, o Las buenas esposas (Good wives, 1869): les adelanto que, leyendo el primer volumen, van a ahorrarse la espantosa llantina ante la muerte de Beth y no van a encontrar demasiados indicios del romance entre Amy y Laurie, o del destino matrimonial de Jo (¡sí, ella también!). Y esto no es un spoiler, porque todo el universo lo sabe igual que sabe que Bruce Willis está muerto en El sexto sentido.

En resumen, leo por fin Mujercitas con cuarenta y ocho años y, aunque procuro desprenderme de los prejuicios que me han condicionado, soy incapaz. Me sorprende la destreza de Elena Medel para escribir un hermoso prólogo a esta edición de Lumen que, paratextualmente, no escatima nada de esa cursilería kitsch que resulta seductora desde una perspectiva comercial, en la época del fanatismo por la decoración floral del cupcake: la tapa dura, los estampados, el punto de lectura de hilo, las ilustraciones de la finesa Riikka Sormunen, con su desplegable central, conforman un objeto libro de regalo para varias generaciones de mujeres nostálgicas o para hombres curiosos. Me sorprenden las palabras de Simone de Beauvoir y de Patty Smith, a quien el libro le «procuró una perspectiva positiva de mi destino como mujer». Así que, para no contradecir de plano a escritoras y artistas que respeto –y mucho–, leo la novela desde la contradicción –no es un mal lugar para leer novelas–, y llego a algunas conclusiones que quiero compartir con ustedes…”

 

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