“Teoría del salivazo”. Manuel Cruz. Filosofo de guardia. El Confidencial

Hace ya bastantes años, allá por los lejanos ochenta creo recordar, Ken Loach era entrevistado en ‘El País Semanal’. De sus extensas declaraciones se me quedó grabada una afirmación, en la que manifestaba su preocupación por el modo en que estaba evolucionando la manera de ver cine de los espectadores más jóvenes. Estos, declaraba, ven las películas tipo ‘Rambo’ en el vídeo con el mando a distancia en la mano, saltándose todas las escenas digamos que tranquilas para ir directamente a las de acción.

El contenido concreto de sus declaraciones hoy nos parece de un delicioso anacronismo (los jóvenes han dejado, directamente, de ver cine en su gran mayoría), pero no dejaba de señalar una tendencia, que con el paso del tiempo no ha hecho otra cosa que reafirmarse. Hasta el extremo de que ha llegado un momento en el que la cosa va más allá de la tendencia a la aceleración, tan característica de nuestras sociedades y teorizada de forma paradigmática por Hartmut Rosa en sus libros. Importa de manera creciente la velocidad, es cierto, pero sobre todo importa la intensidad. De tal manera que parece haberse convertido en un ideal de vida la sucesión ininterrumpida de intensidades, sin hiato o vacío alguno entre ellas.

Los medios de comunicación constituyen un exponente casi perfecto de este fenómeno. La lógica por la que parecen regirse es la del que no decaiga, lo cual, en una época en la que la atención del espectador es reclamada desde múltiples lugares a la vez, exige a dichos medios plantearle estímulos que le ofrezcan la máxima intensidad y le supongan el mínimo esfuerzo (no sea que vaya a optar por otro más cómodo). ¿Quieren un ejemplo bien concreto y reciente? Nada resulta más fácil que encontrar uno: todos aquellos informativos de diferentes televisiones que en estos días abrían sus ediciones con la foto fija del diputado de ERC lanzándole un presunto salivazo al ministro Borrell.

Detengámonos en este episodio en particular porque permite mostrar en qué medida semejante lógica está lejos de ser inocua, de representar una simple forma como cualquier otra de contar lo sucedido. A los hechos me remito. De la no existencia del salivazo el sector independentista se ha apresurado a derivar la exigencia de la dimisión de Borrell (obviamente por, según ellos, mentiroso). En cambio, de su efectiva existencia otros han corrido a derivar, cómo no, la descalificación absoluta de un partido, ERC, y, por extensión, de todo el independentismo. No se trata en ningún caso de inferencias menores, pero, aún así, tal vez a mi juicio no sean las que más deberían movernos a reflexión en este momento.

De mayor relevancia es el hecho de que tanto énfasis en la saliva de un diputado haya permitido soslayar algunos aspectos del episodio. Porque habrá que recordar que Gabriel Rufián no fue invitado a abandonar el hemiciclo por escupir (eso fue cosa de otro, y en otro momento posterior). Tampoco tuvo que salir de la sala como consecuencia de sus palabras (la iniciativa de borrarlas del diario de sesiones la anunció la presidenta posteriormente), sino por su indisciplina al continuar hablando y gesticulando a pesar de losapercibimientos de Ana Pastor. En definitiva, es lo que dijo Gabriel Rufián en su intervención lo que ha terminado por carecer de la menor importancia, siendo así que sus palabras eran merecedoras de severa crítica política (¿se puede calificar a un ministro como el más indigno de la democracia por haber participado en actos de Societat Civil Catalana?, ¿en qué cabeza cabe que se le pueda alinear con Tejero por ello?).

Ken Loach podría haber manifestado, respecto a los debates que tienen lugar en el Congreso de los Diputados, algo parecido a lo que dijo respecto a una manera de ver las películas: los medios de comunicación son ahora los que se saltan los ratos tranquilos y solo ofrecen los episodios de acción, esto es, de una cierta violencia verbal o gestual. De ahí el éxito televisivo del formato de los plenos de control al Gobierno de los miércoles: ofrecen cápsulas de acción a la medida del gusto del espectador actual. Pero, siguiendo con el paralelismo con Loach, se diría que incluso ese formato ha dejado de ser suficientemente intenso, en la medida en que se conoce que dura demasiado. Algún experto en comunicación política debe haber concluido que mantener la atención del espectador dos minutos y medio (que es el tiempo que se concede tanto al diputado como al ministro preguntado en tales sesiones) constituye una tarea proteica en nuestros días, y que, en consecuencia, se impone intensificar al máximo los mensajes y ofrecer un mínimo de palabraso, si es posible, solo un gesto (el del diputado de ERC presto a escupir).

Por supuesto que ya sabemos que no todo en esta situación es por completo nuevo. Así, cabría sostener que los titulares siempre han constituido una notable simplificación del cuerpo de la noticia. Pero, siendo ello cierto, la diferencia respecto a lo que pasa hoy es relevante. Antaño, el titular cumplía la atención de atraer al lector hacia el texto: hoy, el t(u)itular —si se me permite el facilón juego de palabras— sustituye al conocimiento de la noticia, como lo prueba el hecho de que no son pocos los que afirman que han dejado de leer diarios porque ahora se informan (sic) a través de Twitter.

He insistido en lo de la lógica para no incurrir en algunas de las críticas que más se han reiterado en estos días a partir del alboroto desencadenado por Rufián. Tiene algo de farisaico que algunos medios de comunicación que contribuyen de manera eficacísima y perseverante a la banalización de la política vengan ahora a rasgarse las vestiduras ante el espectáculo que algunos representantes públicos gustan de dar en el Congreso. Aunque idéntico reproche de fariseísmo se le podría dirigir a ciertos políticos que ahora intentan revestirse con ropajes de estadista y también declaran lamentar, con fingida tristeza, el espectáculo que otros están dando, cuando fueron ellos quienes irrumpieron por vez primera en ese mismo hemiciclo con bebés de escasos meses en los brazos, o cuando finalizaban sus intervenciones parlamentarias dándose besos en la boca, por no mencionar tantísimas otras ocurrencias que, manifiestamente, solo perseguían alcanzar un instante de gloria mediática a base de atraer la atención de fotógrafos y cámaras de televisión.

En definitiva, no creo que se pueda acusar a nuestros políticos de haber convertido la política en un espectáculo. De lo que sí cabe acusarles es de no haberse resistido a participar en él.

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