«¡Todos mediocres! Crítica e inclemencia en España. El caso Gregorio Morán» de Sebastiaan Faber, en fronterad

cura y los mandarines

Gregorio Morán es un estorbo, un aguafiestas: el niño que avergüenza a sus padres porque observa verdades que las leyes de la cortesía prohíben formular en voz alta (“¿Papá, por qué es tan feo ese señor?”). No sorprende que Crítica –es decir, Planeta– quisiera censurar El cura y los mandarines, ni que Morán se negara en redondo. (Crítica: “Gregorio, no seas malhablado, ¿por qué no te disculpas ante el señor García de la Concha?”. Gregorio: “¡Porque no quiero! ¡Es un trepa!”). El escándalo de lo que Morán no dudó en calificar como “censura económica” –Planeta abortó el proyecto porque no quiso arriesgar sus contratos rentabilísimos con la Real Academia de la Lengua– ayudó a generar publicidad para el tocho, que acabó publicando Akal.[1]Pero incluso sin ese rifirrafe el libro de Morán habría hecho ruido. Ignorarlo es imposible –y vaya que se ha intentado, como señalaba Juan Goytisolo–. El cura y los mandarines nos acompaña en un paseo por treinta y cuatro años de cultura española, del convulso 1962 hasta 1996, el final de la hegemonía socialista. El panorama es demoledor. Será muy difícil volver a imaginarnos al emperador vestido después de haberle contemplado, durante 800 densas páginas, en toda su grotesca y ridícula desnudez.

Es un retrato que duele, por patético. Como los pobres personajes de Galdós, España lleva más de un siglo obsesionada por su estatus, presa entre fantasías de grandeza y complejos de inferioridad –síndrome común, por otro lado, de los ex imperios–. De ahí no sólo el fetiche de la marca España sino también los millones invertidos en el Instituto Cervantes y el gusto morboso por los rankings mundiales, sea de cocineros,tenistas o universidades.

Entre los intelectuales españoles, esta obsesión ha adoptado formas varias. Hay los que lamentan lo que ven como un permanente atraso, fuente de vergüenza (“en Alemania un ministro se larga si le pillan en un plagio; pero en España nadie dimite nunca”). Hay los que insisten en constatar la esencial diferencia entre España y el resto –de Europa, del mundo–, pero que explican esa diferencia en términos de superioridad (“España es una gran nación, y los españoles, muy españoles y mucho españoles”). Y hay los que insisten en la normalidad de España: la democracia española no es mejor ni peor que las otras democracias occidentales; su historia no es excepcional sino perfectamente corriente.

En algunos casos recientes, esa normalidad se ha concebido, paradójicamente, como un logro excepcional: la culminación de un largo proceso de cambio y esfuerzo, o el resultado del abandono de visiones prejuiciadas. Cuando José Álvarez Junco y Adrian Shubert escribían la introducción a una historia española de los últimos dos siglos, constataban satisfechos la paulatina desaparición de la leyenda negra que relegaba España a un lugar secundario.[2] (“Cuando los historiadores se ocupan de temas como la migración internacional, las relaciones de género y la cultura popular, entre muchos otros, no hay motivo por asignarle al caso español menos importancia que los de Gran Bretaña, Francia o Alemania”). Un ángulo igual de celebratorio lo adoptaban Jordi Gracia y Domingo Ródenas en su ambiciosa historia de la literatura escrita en castellano desde la Guerra Civil.[3] “El balance menos optimista o más plagado de reservas”, escribían, “exige la identificación de los últimos cincuenta años como una etapa de progresiva y creciente expansión de las libertades políticas y civiles sin comparación con ninguna otra, dificultosa y enmarañada pero también sin vuelta atrás”. Puede que ningún país occidental se haya empeñado tanto como España en celebrar su propia normalidad. Como escribe Elena Delgado en un libro sagaz sobre el tema:[4] “Hasta el momento en que la crisis sacó literalmente de quicio las cosas […], la articulación de la idea de la España democrática fue en efecto inseparable de los conceptos de ‘normalización’ y ‘normalidad’ […]”


El franquismo, revisited

 ¿España va bien? ¿Mal? ¿Regular? ¿Cómo evaluar la cultura española de los últimos 75 años en términos cualitativos? ¿Qué baremos pueden servir y quién hace de tasador? Si el tema da para desacuerdos es porque toca a las dos preguntas centrales de la historia cultural y política española reciente: ¿Cuáles fueron los efectos a largo plazo de la Segunda República, la Guerra Civil y la dictadura franquista? ¿Y ya se han superado?

Para Gracia y Ródenas, esos efectos no sólo se han superado sino que empezaron a superarse mucho antes de que expirara el dictador. Gracia en particular ha querido demostrar en varios libros que la cultura española del interior empezó a recuperarse relativamente pronto, desde y pese al franquismo. Defiende además la tesis de que esa superación se dio no gracias al exilio republicano o la militancia antifranquista de izquierdas, sino gracias a una “resistencia silenciosa” de intelectuales más o menos desafectos al régimen que, poquito a poco, fueron descubriendo las virtudes de un liberalismo más o menos democrático. Así, Gracia pretende desmentir el tópico del franquismo como un páramo cultural al mismo tiempo que explica por qué la democracia actual es perfectamente saludable a pesar de su poca conexión con el legado de la República.

Esta versión de la historia cultural, según la cual el franquismo no pudo impedir el desarrollo positivo de la vida intelectual y cultural del interior –y que incluso la pudo fomentar– encuentra eco en La cripta de Franco, libro bienintencionado y provocador del crítico literario británico Jeremy Treglown, editor del Times Literary Supplement,que tiene casa en España donde pasa varios meses cada año.[5] La cripta, que salió en inglés en 2013, tiene dos objetivos principales. Hispanófilo que es, Treglown se propone cantar las virtudes de la literatura, el arte y el cine español desde el comienzo de la Guerra Civil, incluidas obras del interior, del exilio y de años más recientes. Sus obras cumbre –sobre todo de la España de Franco– le parecen injustamente infravaloradas por el público internacional, empeñado en ningunearlas por razones más políticas que artísticas. Gran parte del libro, por tanto, consta de análisis elogiosos de una amplia antología personal de novelas, películas y obras de arte. Incluye nombres obvios (Cela, Aub, Tàpies, Saura) y algo menos obvios (Gironella, Foxá)…”

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