Trapero y la catarsis del juicio. Lola García. La Vanguardia


Lola García

Lola García

Directora adjunta

Los diarios recogieron la noticia en reseñas de unas pocas líneas. El conseller de Interior, Ramon Espadaler, había ascendido a jefe de los Mossos a Josep Lluís Trapero, que dirigía el área de Investigación Criminal. Era el primer mosso de carrera que llegaba al cargo, ya que sus antecesores provenían de la Policía Nacional o la Guardia Civil. De hecho, la noticia no era tanto su llegada, sino las destituciones derivadas de la desastrosa gestión del caso Esther Quintana, la mujer que perdió un ojo durante la huelga general del 14 de noviembre del 2012 por el impacto de una pelota de goma. No era la primera vez que la policía autonómica era cuestionada por actuaciones que parte de la sociedad consideraba desproporcionadas. Que los Mossos lograran la confianza de la población a la que sirven no ha sido tarea fácil.

Cuando Espadaler le comunicó su deseo de que tomara el mando mantuvieron una larga charla y, justo cuando el policía se disponía a marcharse, le hizo una última pregunta al conseller: “Todo eso que me pide lo pueden hacer otros comisarios, ¿por qué ha pensado en mí?”. “Pues mire, porque creo que si usted tuviera que detenerme mañana, sería capaz de hacerlo”, le respondió Espadaler. Ya en el quicio de la puerta, el nuevo jefe de los Mossos, se giró y replicó: “No tenga usted la más mínima duda”. Era la primavera del 2013 y poco podía imaginar Trapero que su ascendente carrera, forjada a base de experiencia y estudio, desembocaría en un proceso con el Govern en el banquillo y él ante 11 años de cárcel por rebelión.

Por eso, cuando Trapero explicó ante el Supremo su plan para detener al president Carles Puigdemont y a sus consellers si así lo ordenaba un juez, la sorpresa no era tal para muchos de quienes le conocen, le tengan más o menos simpatía. Trapero se cuidó mucho de dejar claro ante el tribunal que avisó por activa y por pasiva a los políticos de que los Mossos acatarían la Constitución y las órdenes judiciales, que ni por asomo pondría a los 17.000 agentes que tiene a su cargo a disposición de una revuelta independentista. Para los procesados, su declaración tiene un sabor agridulce. Por un lado, contribuye a desmontar la rebelión, aunque apuntale la desobediencia. En cuanto a la sedición, las interpretaciones son dispares. Pero la vertiente política de su declaración sí es demoledora.

El relato de Trapero desmonta el mito de los Mossos como un cuerpo armado a disposición del liderazgo independentista para implantar la república una vez declarada la secesión unilateral. Y, tal como define Weber un Estado, éste no lo es sin el monopolio de la violencia legítima. Bajo esa premisa, el pretendido andamiaje de las “estructuras de Estado”, que tantos informes produjo durante los años del procés , se revelan como mera propaganda. La declaración de Trapero abunda en la línea de la admisión por parte de otros imputados de que la DUI fue retórica. Apearse de la épica es un proceso que el independentismo está recorriendo de forma tortuosa.

Acorde con esas evidencias, los dirigentes de ERC y algunos del PDECat intentan recomponer la estrategia, lo que no significa, ni mucho menos, que renuncien a su legítima meta ni a la protesta. Pero siguen chocando con Puigdemont, que alienta el discurso de la astucia y recrea una y otra vez la historia de David contra Goliat. Y con la del president Quim Torra, partidario de reservarse la desobediencia como respuesta a una eventual condena.

El juicio, que probablemente durará hasta final de junio, iba a ser el detonante de una movilización permanente del independentismo hasta la sentencia, que Torra veía como catalizador de un nuevo intento de superar el estatus actual. La manifestación de ayer en Madrid formaba parte de esa planificación. La marcha, que volvió a demostrar la vitalidad y persistencia del movimiento, fue alentada con timidez por los líderes independentistas en los días previos porque no son pocos los que estiman que no conviene a quienes se sientan en el banquillo y que sólo inflama al votante de extrema derecha. Pero el juicio también está siendo una catarsis de los errores cometidos por las dos partes en el 2017, que llevaron a terceros a situaciones límite. Como a Trapero, héroe para unos, villano para otros, que asegura que no habría dudado en detener a su presidente por orden judicial, pero que manifestó sus reparos al uso de la fuerza por parte de sus hombres contra sus vecinos.

Disivión sobre los lazos

No todos en el Palau de la Generalitat opinan igual sobre la reacción a la orden de la Junta Electoral Central de retirar lazos amarillos y estelades de los edificios de la administración catalana. De hecho, en este asunto el president Quim Torra ha ido por libre negándose a retirarlos, al menos de momento. En ERC y parte de JxCat creen que no se debe caer en nuevos delitos de desobediencia, aunque son partidarios de buscar algunas alternativas para mostrar su malestar. Tampoco los Mossos desean que les toque ejecutar la orden de la JEC. Entre las alternativas que se analizan, la de colocar carteles con lemas del tipo “Aquí no hay un lazo amarillo”.

Puigdemont y el carnet del PDECat

La pugna entre una parte de la dirección del PDECat, encabezada por David Bonvehí, y el expresident Carles Puigdemont por el control de las listas electorales al Congreso, el Ayuntamiento de Barcelona y el Parlamento Europeo ha sido traumática. Y es una batalla que seguramente tendrá continuidad una vez pase este ciclo electoral. El enfrentamiento llegó a tal grado que Puigdemont, por videoconferencia, dio un ultimátum al PDECat el pasado sábado día 9, para que se celebrara el consejo nacional al día siguiente y ratificara sus listas. De lo contrario, amenazó directamente con darse del baja del partido.

https://www.lavanguardia.com/politica/20190317/461066424280/trapero-independencia-dui-mossos-juicio-supremo.html