Tres relatos (muy) cortos de Trifonia Melibea Obono Ntutumu.

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La tierra enajenada

Cuentan los libros que a principios de los años ochenta ya se encontraban aquí. No, miento, cuatro siglos y a machetazos. En una mano traían flojas oportunidades. Los artefactos, las municiones, los balazos en la cabeza del díscolo, la asimilación, el mando en tierra enajenada, las humillaciones, se trasladaban en aviones,  trenes y barcos. Todos llegaron de uno en uno y en la plaza de Malabo II, con tazas de café y al lado de menores de edad prostituidas, se sentaron para repartirse la tierra. Así andamos, sin bragas, sin calzoncillos, sin mente, sin identidad.

Como en un juego de ajedrez cada quien tomó el color de la bandera que más brillaba con el consentimiento de la patria. Se llevó la Guardia Civil, el verde, el rojo, el blanco, el azul. La Estatua de la Libertad con su discurso libertador, creído por necios, se adjudicó el azul junto a su amiga, la Dama de Hierro. Napoleón Bonaparte nunca pierde las guerras, ni en el campo de batalla ni en la mesa de negociaciones. Tomó el verde, el blanco, el azul, pero sobre todo el rojo con sus amigos políticos africanos. Así andamos, sin bragas, sin calzoncillos, sin mente, sin identidad.

Luego se posaron los nombres bonitos, la Cooperación Sur-Sur. Le brilla la cara de maquillaje y de ratería, siempre con sus amigos africanos. Chapucería tormentosa. Digna conversión de nuestra patria en una pocilga. Mao Tse Tung gana en el homenaje a los despojos. Brasil, Sudáfrica, Fidel Castro, otros. El discurso de la Cooperación Sur-Sur me ha desengañado y enamorado, el amor duele, hace daño, trae lágrimas,  luego vuelve, consuela, y cuando se va para siempre, entonces se llora de dolor fuerte. El castellano y las lenguas étnicas, nuestra identidad, lo que somos, en los contenedores de la empresa Guinea Limpia. En las petroleras saber inglés acarrea besarle la mano a Barack Obama, el negro que se hizo blanco para África en la Casa Blanca. Con Napoleón Bonaparte se está a salvo. Los chinos, felices, atención especializada, tranquilidad, asunto de estado. Empresas afincadas en Guinea con tablones de anuncios en francés, inglés, chino. Carteles con instrucciones de uso de ascensores en chino. Las calles, pancartas, en francés. La circulación en las carreteras, informada en francés. Discursos en la televisión, en francés, nadie traduce, ya somos franco hablantes, ecuatoguineanos no guineoecuatorianos, y miembros de las organizaciones regionales francesas, asimilación. Así andamos, sin bragas, sin calzoncillos, sin mente, sin identidad.

Guinea Ecuatorial. Ojeas la asimilación como un niño de pueblo observa un avión por primera vez. Se están llevando  lo que tú eres, si es que alguna vez has sido digno. Es en la escuela donde creas una identidad nacional, Gonzalo de Berceo se ha asignado las mentes de tus escolares. Enseña a tu pueblo lo que es, lo que debería ser, lo sagrado que tiene como nación, los motivos por los que darían la vida por su tierra. La identidad étnica, lo único que tenemos, la nacional, endeble. Soy de Guinea ecuatorial, por qué, no lo sé. Las naciones que se han repartido tu tierra a trocitos tienen identidad nacional fortificada. Matan por defenderla, la imponen nada más aterrizar aquí, acá, allá.  Recupera lo que es tuyo, siembra lo que es tuyo, cosecharás lo que es tuyo. Si no lo haces, silencio, tu gente seguirá siendo de su aldea y cuando haya que defenderte, se escapará. Los agentes de seguridad se camuflarán entre civiles. El dinero público se seguirá personalizando. La asimilación de un país pasa por borrar su identidad, la tuya se está borrando, se ha borrado. La tierra enajenada, para siempre, será tu apellido. Así andamos, sin bragas, sin calzoncillos, sin mente, sin identidad.

 

 

El orgullo necio de ser fang

Por primera vez disfrutaba del placer de torturar. Tenía cuatro años: excesivo tiempo observando las cariñosas recomendaciones sádicas de papá. Aquella vez, a las ocho de la noche, mi hermana tenía que llevar de comer a la Casa de la Palabra, se cayó tras darse con la puerta, la comida se derramó al suelo y lo más penoso, se rompió el plato de cristal que la tía Clara compró en un mercadillo de Bata. Papá adoraba todo lo elaborado por los mitangan (blancos) porque mi abuelo, emancipado pleno en la colonia, tenía el derecho de consumir aceite de oliva y arrimarle el trasero a la madre España. Observen qué casualidad, papá  se encontraba en la cocina y como de costumbre, la abuela, mamá, mis hermanas, hermanos y primos, nos comportábamos como indígenas en presencia de colonos. Soy fang por decreto. Soy fang porque mi madre y mi padre lo son. Quiero configurar mi identidad.

Papá por casualidad llevaba aquella noche una linterna que a veces utilizaba para sacrificar animales domésticos del vecindario que entraban en su solar. Por hacer esto se ganó la enemistad del pueblo. Yo también sufrí como los patos, las gallinas, las cabras y las ovejas de la gente de la aldea; las madres y los padres de mis amigas prohibieron mi presencia en sus viviendas, así que desarrollé la triste habilidad de jugar sola. La linterna terminó clavada en la nariz de mi hermana, un chorro de sangre cubrió sus labios, no lloró, teníamos prohibido llorar los cinco niños y siete chicas (papá nos llamaba putas) del matrimonio forzado cuando llegaba el momento de disfrutar de la tortura. Era mi primera vez. Había pasado el tiempo viendo que los errores estaban prohibidos en casa, quien bufaba se llevaba cinco coscorrones regalados por cada una de las doce personas nacidas del mismo vientre que yo: sesenta coscorrones. La prohibición era única, quien golpeaba con piedad al infractor se llevaba la visita del melongo de papá, conocido por su capacidad de no discriminar la parte del cuerpo en el que caer. Lo mismo se te atrofiaba un ojo que los dedos de los pies, a veces tomaba cariño a los dedos de mi hermano Fructuoso bañados de niguas. Le decía que tenía los pies feos cada vez que cometía un error, hoy, después de una exitosa carrera de empresario, el hermano que me protegía de las peleas en el pueblo nunca lleva zapatos descubiertos, dice que le avergüenzan  los dedos de sus pies.

Papá me mandó coger leña del fogón, introducirla en el agua para apagar el fuego y golpear a mi hermana en la cabeza. Ordenó que había llegado la hora de iniciarme en el rito familiar de golpear con orgullo, gracias a mi condición de fang, a quien se portaba mal en la familia. Observé a mi hermana, ella se fijaba en la leña que todavía no había apagado, papá me convenció de que disfrutaría de la escena y que mi hermana en su vida volvería a romper un plato. Temblaba. Mis hermanas y hermanos menores lloraban, quienes tenían más edad estaban acostumbrados y los golpes, tanto recibidos que entregados, ya daban igual, al final no podía suceder nada mejor, no esperábamos algo diferente, el Estado nos había entregado a papá irreversiblemente.

La sensación de golpear a la persona que me había cargado todos los días, a mi hermana, me acompaña hasta hoy, en la oscuridad aparece de repente la linterna que destrozó su nariz hoy salpicada de innumerables operaciones   de la civilización blanca. Mi hermana dice que no fue culpa mía, yo no lo creo. Desde aquel golpe que le di en la cabeza y amenazada por el linternazo que me esperaba si no cumplía las órdenes con la intensidad que espera un capitán de un sargento, estoy sola. Nada me llena como persona. ¿Será que no soy fang? Papá decía que la violencia es natural y recomendable en nuestra etnia.

En la familia la soledad es la norma, por lo visto soy la única que vive y habla del placer de torturar abiertamente. ¿No será que me estoy volviendo loca? O soy loca desde los cuatro años. Mis hermanas se lo callan, mis hermanos lloran la tortura, mamá está muerta por justicia tradicional: enloqueció de martirio. Mi hermano mayor también falleció de un ataque, un día su esposa maltrató a su hija mayor, una paliza tremenda la dejó sin respiración eternamente. Soledad. ¿Qué significa ser fang? Papá cuenta la perfecta educación que ofreció a sus hijas e hijos todos los días y está triste; se queja de que no dialogamos con él, no llamamos por teléfono, no escribimos cartas para contarle que tal nos va. ¿De qué vamos a hablar contigo, papá? ¿Empezaremos a hacerlo ahora cuando ya somos mayores? Contigo nunca se dialogaba, papá; contigo nunca se jugaba; contigo sólo se cumplía órdenes, papá. Silencio filial. Tenemos un acuerdo tácito de soledad interna. Una vez mi hermana le reprochó la costumbre violenta. Se justificó diciendo que era fang y se acabó.

¿Se acabó? Yo soy fang, no me gusta la tortura; soy fang, no me gusta la dote ni fanfarronear; soy fang, no me gusta callarme porque hablan las personas mayores; soy fang, ¿quién define mi identidad como fang? Quiero ser libre y seguir siendo fang, quiero cambiar en mi vida las costumbres que me hacen daño y gritar que soy fang. Quiero tener orgasmos, no dejo de ser una mujer fang por eso. No quiero agredir a nadie en nombre de la etnia fang. Me quiero morir como mi hermano, suicidado pero antes, quiero repensar la identidad.

 

 

Muerte, ven conmigo

Esquizofrénica de la muerte soy. La bailo, la sueño, la siento cerca todos los días. Mis entrepiernas la huelen con asiduidad sobre todo al anochecer, de regreso a casa, mis protectores, a la orden jefe, la traen conmigo igual que espera un vendedor de crédito telefónico a la clientela en las aceras de Malabo. Qué será de mí. Igual si creyese en la mentecatez del cielo y el infierno la enajenación sería digerible. Muerte, ven conmigo. Cánticos, bailes, peleas por mi cadáver, injurias por lo que fui, intrigas por repartirse mi carne entre la primitiva etnia fang,  abandono.

Cuando esté muerta el socialismo bailará, traidora, me acusará por huir de la secta maquiavélica. La derecha, al contrario, machacará como la bambucha mi organismo de animadversión. Las dos sectas, rapaces como todos los generales, apagarán el fuego lentamente y la estrella con rapidez. Todos se caerán por la escalera que les permita alcanzar la estrella y abajo, cuando regresen la mirada hacia atrás, encontrarán un libro sin páginas con dibujos de un pueblo en ayunas de erudición necesitado de que escriban en él. Muerte, ven conmigo.

Me moriré como nací, sola, sin mamá y papá, se escaparon de mi corazón, siguen huyendo. Me moriré como viví, sola. Sola sin amor, sin ideología nacional, la mía está enterrada. Me moriré con un carnet en la mamo que rece, ­¨En la adolescencia hice tonterías ideológicas, hoy, sigo haciendo tonterías¨. En mi seguirá vigente una ideología con raíces, la de una mujer fang necesitada de independencia pero que camina en bragas ciudadanas. Muerte, ven conmigo. Vendrán orquestas cristianas a mi funeral. La idea surgirá de algún exaltado. En mi lápida aparecerá una cruz. Nociva cruz, muy rentable para los injustos, empezando por Jesucristo. Menos mal que no creo en la majadería del cielo y el infierno. Acá, como en la colonia, se sigue creyendo que todo el mundo, en nombre de la madre España atesorada, de cabeza nos vamos a rezar. Muerte, ven conmigo.

Cuando esté muerta, mis amistades llorarán. Las tribus de papá y mamá se insultarán y pelearán.  La patria, en su orgía, seguirá. La sociedad del mito, vigente, continuará. Los penes, todos descontrolados, permanecerán. Los perros en las calles, muertos, descomponiéndose o  hambrientos, andarán.  La izquierda y la derecha, solamente preocupados por la silla de oro,  seguirán. Mi gente, apátrida, me extrañará.  Muerte, ven conmigo. Te bailo, te sueño, te siento cerca todos los días.

 

[La fotografía que acompaña los relatos es de Emilio Mateo y aparece en su página http://www.emiliomateo.es/?p=1925]