Un congreso en Zamora en torno a la guerra civil. Angel Viñas

Un congreso en Zamora en torno a la guerra civil

2 abril, 2019 at 8:40 am

Ángel Viñas

Tal y como estaba previsto, el congreso anunciado repetidamente en este blog sobre la guerra civil se ha celebrado la semana pasada a, creo, plena satisfacción de todos. Ciertamente de los organizadores y, por lo que sé, de los historiadores que en él hemos expuesto nuestras respectivas ponencias. El resumen de estas se había publicado en la red, gracias al concurso de varios colegas a quienes, arrogándome una representación que no me corresponde, deseo expresar aquí mi reconocimiento interpretando el colectivo de los organizadores. Se trata de los profesores Juan Andrés Blanco, director del Centro de la UNED en donde se celebró, y del profesor Jesús M. Martínez, de la UCM amén de servidor. La idea se le ocurrió al primero tras el trágico e imprevisto  fallecimiento del profesor Julio Aróstegui hace algo más de seis año. Ha llevado en torno a los dos últimos desde su concepción a su realización.

Este congreso no es el primero que tiene lugar este año que coincide con el octogésimo aniversario del final de la guerra civil. Le ha precedido otro, que yo sepa, organizado por la UCLM. Pero sí ha tenido lugar coincidiendo con el recuerdo de los últimos días de marzo de hace ahora ochenta años. La fecha no se escogió al azar. La preparación ha sido, en lo posible, concienzuda. Se quiso que los oradores representaran, por lo menos, cuatro generaciones de historiadores, todos españoles salvo Sir Paul Preston, en reconocimiento a sus aportaciones a la historiografía de la guerra civil desde años antes al cumplimiento de las previsiones sucesorias, como se decía alambicadamente para referirse al paso a mejor vida (o peor, según se mire) del otrora tan ensalzado Caudillo.

Por Zamora hemos desfilado historiadores académicos ya jubilados, otros que están en la plenitud de sus tareas docentes e investigadoras, varios que ya van haciéndose un nombre en las mismas e incluso alguno que está preparando su tesis doctoral (que despertó una atención inusitada al versar sobre la actuación de la quinta columna en el conflicto). En resumen, representantes de cuatro generaciones y de ambos sexos. ¿Por qué? Para demostrar que la llama de la investigación en la maltrecha Universidad española no se está apagando y que, previsiblemente, no se apagará.

¿Qué decir de los oyentes? Fueron más de un centenar. Las ponencias se emitieron también por streaming fuera del salón de actos que, en general, siempre estuvo lleno. Los presentes abarcaron todo el arco de edades posibles. Algunos, me consta, acudieron desde Madrid. Muchos de otras partes de Castilla-León.

La organización no falló en ningún momento y las tres jornadas fueron, me atrevo a decir, agotadoras. Ciertamente para los ponentes que estuvimos hablando de la guerra civil y sus secuelas desde las ocho de la mañana hasta las once de la noche cuando menos. Pasamos en revista no solo la contienda, sino sus antecedentes y sus consecuencias e incluso su impacto memorial en la España de nuestros días.

¿Hubo sorpresas? La respuesta es afirmativa. Las ponencias estaban diseñadas para reflejar tanto el estado de la cuestión como la aparición de nuevas investigaciones. Quedó claro que si bien los contornos del fenómeno histórico que fueron la guerra, sus antecedentes y sus consecuencias, son ya conocidos y suficientemente contrastados, todavía quedan grandes huecos a la hora de aplicar nuevas preguntas, utilizar nuevos conceptos y suscitar nuevas cuestiones. Todo ello a medida que, como fue un deseo unánime, sigan abriéndose más archivos, en especial los militares y de Gobernación pero también los eclesiásticos. Las calas que en unos y en otros se han efectuado (en los últimos por el rodeo de los vaticanos) hacen prever que todavía queda mucho por descubrir y por analizar.

Quizá haya sido, imagino, la noción de que esto puede ser así lo que ha llevado en el tiempo estéril de los últimos gobiernos del PP a paralizar la apertura de archivos, a infradotar aun más los planteles de personal y, en general, a hacer más difícil la labor de los investigadores.

El capítulo mejor representado en las ponencias fue, naturalmente, el que ha sido el más vibrante de la historiografía española desde principios de siglo. El que ha puesto más nerviosos a las instituciones y a ciertos grupos sociales: la represión. Se abordó desde diversos ángulos: su historia, por sexos, por regiones (Andalucía, Extremadura, Castilla la Vieja, Galicia), por modalidades, en su dialéctica y, no en último término, en su cobertura conceptual y terminológica tanto en la dictadura como en la democracia. Se prestó particular atención a ciertos campos específicos: la violencia fundacional congénita en la concepción del golpe de Estado, la reacción de la SMICAR española, la modalidad económica que llevó a la desesperación y a la miseria a incontables familias en la guerra y tras la VICTORIA.

¿Descubrimientos? Para mi lo más impactante fueron los resultados que arroja la investigación en la provincia en que tuvo lugar el congreso: Zamora. En la época, una de las más subdesarrolladas pero en el que la mortalidad por clases, sexo y edades fue extraordinariamente elevada. (Escribo este apresurado post donde no tengo el texto de Camín al que he hecho referencia en otro anterior. Creo recordar que en él se describen horrendas escenas de la represión en Zamora. Si es así, no dejaré de dar cuenta de ellos en alguno próximo).

No menos impactante fue, para servidor, la ponencia del profesor Ángel Bahamonde sobre, básicamente, el 18 de julio en Madrid. Se ha pasado años investigando en los archivos militares del Paseo de Moret madrileño y analizado críticamente los expedientes de los consejos de guerra tras la VICTORIA. Sus resultados apuntan a que la versión tradicional (vehiculada por los historiadores militares franquistas desde los primeros tiempos de la dictadura) debe someterse a una profunda revisión.

Lo que antecede es solo una breve referencia a algunos puntos destacados. Ahora bien, como ya me imaginaba el año pasado, cuando se aceleró la preparación del congreso, que los resultados no podían por menos de ser abrumadores para muchos oyentes, al coincidir en Roma con la presentación de uno de los libros de la profesora Daniela Aronica sobre la intervención fascista en la guerra civil se me ocurrió invitarla. En los archivos de Berlín había hallado un magnífico documental italiano inédito sobre la campaña de Cataluña. Aceptó cordialmente y dicho documental, que ya había sido exhibido en Barcelona y algunas otras ciudades, se proyectó también en el congreso, precedido de un extenso comentario crítico sobre su gestación, sentido y significado.

Desgraciadamente, en las actas del congreso -que se ha pedido sean entregadas en versión revisada antes del 1º de septiembre del corriente año- no podrá incluirse un vínculo a dicho documental por razones de copyright pero sí se incluirá algún otro que sea libre. Lo más impactante desde el punto de vista no fílmico o técnico sino histórico es que en él el Duce, periodista al fin y al cabo y buen conocedor de los impactos generables por los medios de comunicación de la época, se autoproyectó como el único artífice, por así decir, de la “liberación” de Cataluña del yugo rojo y blabá. Me quedarán en el recuerdo las imágenes de los bersaglieri motorizados y perfectamente alineados en su desfile por las avenidas de la Ciudad Condal.

Termino este breve recuerdo agradeciendo a todos los oyentes que acudieron a Zamora el honor que hicieron a los organizadores al asistir con tanta atención -lo que demostraron con sus preguntas a diestro y siniestro- y con la esperanza de que hayan regresado a sus hogares con un grato recuerdo de su asistencia. No olviden: en contra de lo que dicen algunos historiadores de significación que no identificaré la historia nunca es definitiva. Es un proyecto siempre inconcluso. Nuevas fuentes, nuevos cuestionamientos, el imparable paso del tiempo y el relevo generacional hacen de ella un combate permanente. Quizá allá en el siglo XXII historiadores aun por nacer lleguen a una mejor comprensión de lo que significaron guerra civil y dictadura. Lo que las generaciones que hoy laboran pueden hacer es suministrarles materiales y reflexiones. Como hizo el conde de Toreno al abordar su historia del levantamiento, guerra y revolución en España en los albores del siglo XIX.

 

La guerra civil española, 80 años después

26 marzo, 2019 at 10:03 am

Ángel Viñas

En el post anterior hice una especie de recorrido por algunos de los actos colectivos que se han acumulado en este octogésimo aniversario del final de la guerra civil, que no de la campaña. He dejado para estos primeros días de abril la referencia a una obra colectiva que, confío, hará época. Su gestación ha llevado años. Su puesta a punto también. Sigue una tradición consolidada. También aparecieron obras colectivas con ocasión de los 50, 60 y 70 aniversarios y, en general, de su comienzo. Recuerdo que en la primera nos reunimos varios historiadores bajo la batuta del añorado Manuel Tuñón de Lara. Resumimos lo que se sabía de la contienda en las dimensiones fundamentales que hasta entonces se habían explorado después de la muerte de Franco. Se tradujo inmediatamente al alemán. Una auténtica proeza, gracias a la labor del profesor Walther R. Bernecker.

En 2006 se celebró un magno congreso internacional en Madrid, preparado bajo la supervisión de Santos Juliá y cuyas actas solo se publicaron en internet. Incluso del lado de los historiadores conservadores (por no decir pro-franquistas) se hizo un congreso paralelo en el que brilló la luz deslumbrante de su decano en edad, gobierno y fidelidad a los insondables principios franquistas, el profesor Ricardo de la Cierva. Hay más obras que reflejan tales efemérides.   

El libro que ahora nos ocupa es masivo, pero brillante y escasamente pro-franquista, porque ¿qué tienen que ofrecer los historiadores de esta cuerda en la actualidad en todo lo que se refiere a temas fundamentales relacionados con la guerra civil? Maryse Bertrand de Muñoz ha calculado que, hacia 2005, se habían publicado en torno a los 40.000 títulos. Hoy, en la presente obra, se estiman a finales de 2018 en unos 50.000.

Este monumental libro ha sido coordinado por los profesores Alberto Reig Tapia y Josep Sánchez Cervelló, que también han escrito sendos capítulos. Tiene su origen en un congreso celebrado en noviembre de 2016 en la Universidad Rovira i Virgili de Tarragona. En él se expusieron, entre otros actos, numerosas ponencias que, en una cuidada selección, posteriormente fueron sometidas a un proceso de actualización. La idea fue que pudieran servir de orientación no solo a los no especialistas en cada tema sino, con carácter general, a quienes siguen estando interesados en conocer el estado de la cuestión en materia de un conflicto tan preñado de consecuencias para la historia y el presente españoles. El subtítulo refleja los dos enfoques que han predominado en su elaboración: una guerra internacional y una fractura cultural, desarrollados en siete partes y un epílogo.

La primera reúne, bajo el epígrafe de “Holocausto, genocidio y masacre”, contribuciones de Sir Paul Preston, José Luis Ledesma y Francisco Moreno. La segunda parte contrapone los mitos que rodean a las dos grandes figuras de la guerra civil, Negrín y Franco, de la mano de Enrique Moradiellos y de servidor. Aspectos adicionales de la vertiente internacional de la guerra los abordan, en la tercera parte, especialistas extranjeros y españoles (entre estos últimos Juan Carlos Pereira, Josep Puigsech Farràs y Xavier Moreno Juliá) con un excurso en el exilio mexicano a cargo de Carlos Imaz. La cuarta parte explora tres grandes batallas  (Madrid, el Ebro y Cataluña) con Mirta Núñez Díaz-Balart, Josep Sánchez Cervelló y José Luis Martín Ramos. La quinta parte versa ya sobre el enfoque cultural: la literatura como fuente para la historia (Alberto Reig), los intelectuales y la guerra civil (Paul Aubert), la épica y la lírica de la misma (Maryse Bertrand de Muñoz) y cinco memorias (también Alberto Reig).  Los nacionalismos periféricos los estudian José Luis de la Granja (el caso vasco),  Josep Sánchez Cervelló (el catalán) y Justo Beramendi (el gallego). La séptima y última parte se dedica íntegramente a la mujer, algo novedoso en este tipo de obras, con sendos trabajos sobre milicianas y Mujeres Libres.

El libro, en su conjunto, representa un guante lanzado en desafío a  muchas de las versiones alicortas y desaliñadas que en los últimos años han ocupado abundante espacio en los medios de comunicación escritos y, sobre todo, en el inabarcable del internet.

La conclusión final es desgarradora: la guerra civil no resolvió los problemas reales del país y supuso un retroceso inaudito en todos los órdenes. En primer lugar, por su inmenso coste en vidas y padecimientos. En segundo lugar, por el que se produjo  en numerosas otras dimensiones, apenas si “compensados” por el crecimiento económico y la diversificación social de diez de los últimos años del franquismo, no tan tranquilos como suelen hoy presentarse.

No es exagerado afirmar que la España de nuestros días es hija de la guerra civil y de su secuela dictatorial. Ambas constituyen una unidad histórica. No la forman, en mi opinión, la República y la guerra civil, como señalan tantos manuales escolares, anclados en concepciones un tanto periclitadas. Pero no es de extrañar. En Estados Unidos hubo una época (a principios del pasado siglo y más tarde entre los años treinta y cuarenta) en que se puso de moda reverdecer las discusiones que acompañaron su propia guerra civil y sus motivaciones. La idea estribaba en negar el papel sustancial, genético, de la esclavitud. Todavía hoy existen discusiones enconadas acerca de su significado profundo. En una reciente obra, David Armitage (Las guerras civiles, Alianza) ha demostrado elocuentemente cómo tal tipo de querellas que remontan a la antigüedad griega, y más propiamente romana, han sido una constante en el pensamiento político y filosófico a lo largo del tiempo, con resultados entre sí muy diferentes.

En el caso español yo he sido ambivalente, y lo he expresado en este blog en alguna ocasión, respecto a la utilización de la fórmula habitual o de la más moderna, en la medida en que ha sido importada de la historiografía francesa o italiana, de guerra de España. Los editores de este libro, amigos y compañeros sin par, la han escogido. A mí, hace unos años, no me pareció mal. Hoy, después de haber investigado en el tema que es objeto de publicación en mi libro, ¿Quién quiso la guerra civil?, confieso que me inclino decididamente por esta acepción tradicional. No porque sobre mi gravite el peso de la historia y de la tradición intelectual que tan brillantemente ha resumido Armitage sino porque refleja, en mi opinión con exactitud, la lógica a que se atuvieron aquellos hechos sin los cuales es imposible comprender correctamente el pasado. Hasta hace unos años no tenía muy claro respecto a si la etapa republicana debía constituir una unidad singular, separada de la Monarquía y de la guerra civil. Hoy también lo dudo. He llegado a la conclusión de que el período republicano pertenece más bien a la época de la degeneración y delicuescencia monárquicas que a una unidad de tan solo cinco años de duración. No cambia el que la guerra fue en realidad la fuente bautismal de la dictadura y esta no es en modo alguno comprensible sin aquella.

Por supuesto, otros historiadores tendrán otra opinión. La respeto, pero el fenómeno -hoy evidente- de que los dictadores fascistas prestaron inmediatamente su ayuda a Franco y que con ello indujeron el proceso de internacionalización del conflicto, aunado a la no del todo imprevista retracción de las democracias en apoyar al Gobierno legítimo, no me parecen suficientes motivos para justificar tal denominación. Es preciso entrar en los propósitos y finalidades de quienes quisieron resolver una serie de problemas relacionados con el declive monárquico desatando un conflicto gracias a la ayuda prevista por quién podía apoyarles decisivamente en trasladarlo a hechos.

Nada de ello enturbia la importancia de la presente obra. Aparece ahora en el mes de abril, quizá antes de la Sant Jordi, y es de esperar que tenga una acogida muy favorable. Ójala se convierta en una auténtica referencia.

 

Historiadores e “historiadores” franquistas

19 marzo, 2019 at 8:30 am

Ángel Viñas

Hace unos días tuve ocasión de subir a este blog, via Facebook, la página que me había dedicado la Fundación Nacional Francisco Franco. No he pensado un segundo en pasarle factura por la publicidad. La considero un honor. En ella tan connotada institución reunió varios comentarios escritos por “historiadores”, entre comillas, sobre mi modesta persona. Anuncié una reacción. Una parte de ella está predeterminada (léase intuición): en mi próximo libro canto las verdades del barquero a uno de los escogidísimos autores que figuran en la página y cuyo nombre ha aflorado en este blog en alguna ocasión. No estoy demasiado seguro de que le agrade.

Cuando se habla de historiadores e “historiadores” franquistas la distinción es ineludible. Los primeros hacen su labor en las Universidades (por ejemplo, en el CEU). De los segundos no suele haber constancia de que hayan seguido una trayectoria académica. Más bien lo contrario. Ciertamente, las habituales técnicas de investigación (que no descienden del cielo como las lenguas de fuego sobre las cabezas de los apóstoles) les son un tanto extrañas. Su parquet favorito es la reivindicación del pasado que toman por lo general  de los grandes autores franquistas. Al fin y al cabo, en estos últimos se encuentra la “verdad” impoluta, no mancillada por intereses que en el franquismo solían caracterizarse de “bastardos”.

Servidor no les presta demasiada atención, sobre todo a alguno de los más chillones y ya prácticamente jubilado a quien, valga el caso, nunca menciono. Ya se sabe, lo afirma el recio refrán castellano, “no hay mejor desprecio que no hacer aprecio”. Por lo demás, soy consciente del sabio consejo de una profesora de la madrileña Universidad Carlos III:  “en Comunicación hay un principio básico que dice que “de quien no se habla no existe”. Lo aplicaba muy bien el PP de Mariano Rajoy cuando no pronunciaba el nombre de los corruptos: en vez de Bárcenas decía “ese señor a quien usted nombra” y dejaba de citar a aquél a quien se le pillaba robando”.

Sin embargo, por razón de edad, crecí a la distorsionadora sombra que proyectaban las numerosísimas publicaciones (fasciculares en frecuentes casos) del profesor. Siempre que he podido lo he evocado como ejemplo del historiador franquista convicto y confeso. En realidad, no hay mucho nuevo en sus no tan inteligentes emuladores que no hubiese escrito o intuido de la Cierva.

En tal sentido esta ocasión para recomendar a quienes deseen sumergirse en la insondable sabiduría de tal escuela los trabajos del profesor Alberto Reig. Analizan la fructífera siembra que De la Cierva practicó sobre los desiertos de la historiografía española durante la mayor parte de la dictadura. Destaca, en particular, su último libro: La crítica de la crítica. Inconsecuentes, insustanciales, impotentes, prepotentes y equidistantes, en Siglo XXI, una editorial en la cual difícilmente encontrarían acogida las obras de los epígonos del autor de ascendencia murciana. De la Cierva incluso llegó a acudir al artilugio de fundar su propia editorial, quizá para ganar más dinero -sin intermediarios-, pero tal vez también porque sus últimas obras ya eran inasumibles en editoriales normales.

Ricardo de la Cierva (1926-2015)

De la Cierva solo escribió una obra (gruesa)con criterios que podrían considerarse académicos. Lo hizo antes ganar una agregaduría en la Universidad de Alcalá de Henares y de que la KGB, según afirmó en alguna memorable ocasión, tuviera un éxito completo en lo que se refiere a copar las cátedras de Historia de España en las universidades de este santo país. Quizá por ello, en las universidades públicas los seguidores del eximio catedrático madrileño no se cuenten por docenas. Es, sin duda, lamentable que, a lo que parece, ningún otro historiador de su cuerda  haya denunciado públicamente tal éxito soviético.

Desgraciadamente, la democracia inorgánica española (con todos sus defectos) no es como la “democracia orgánica” franquista. Los historiadores que la defienden han contraatacado según su leal ver y entender, ya que las autoridades han sido muy reacias a tomar medidas contundentes contra los presuntos “topos” de la KGB. En consecuencia, aprovechando las ventajas que ofrece la recuperación de las libertades (que “el yacente de Cuelgamuros” siempre se preocupó de tener atadas y bien atadas), tales autores acuden a las redes, a la prensa digital, a connotadas cabeceras de la escrita y, no en último término, a los beligerantes brazos de la FNFF, siempre dispuesta a dar una batallita pour la gloire de quien toma el nombre.

Solícita, brinda sus puertas sin que se sepa con qué criterios escoge a unos u otros. Con tal de que hayan demostrado su pericia en las batallas (culturales) por enaltecer el pasado católico en los años de la (odiosa) República, la (santa) guerra civil y el (modernizador) régimen autoritario (pero benevolente, ayuno de cualquier contaminación fascista). Años todos en los que la (verdadera) España triunfante dio lo mejor que tenía para sus hijos (que en cuanto pudieron se forraron a tutiplén, como también lo hizo su “Caudillo”).

A mi me surten amigos y conocidos con muchos de los productos que tales “historiadores” e historiadores (del CEU) desparraman por las redes. Admiro su  potencia, contundencia y persistencia. Es una pena que la Universidad pública no les haga demasiado caso. Para hacerse notar no retroceden ante el insulto o las alusiones (e ilusiones) ad personam. Lógico, ya que su argumentación alberga una extraña resistencia a ofrecer contraevidencias a la obra de quienes no comulgan con su chispeante talento. Cuando dicen que ellos también acuden a las fuentes no hay que hacerles demasiado caso. Las interpretan “creativamente”.

Como más reciente ejemplo ofreceré una ilustración referida a un nombre que ha aparecido en este curso en el presente blog en el libro que me he permitido enunciar. Me he limitado exclusivamente a dos episodios significativos. Uno en relación con su análisis de un accidente que cambió el curso de los acontecimientos y potencialmente la historia de España. Otro en el que demuestro que Franco (ya lo hice con sus características de corrupto y asesino) fue también un impostor.  Los amables lectores posiblemente se reirán y yo me reiré con ellos. Es muy verosímil que la FNFF incluso tercie en el asunto. Al fin y al cabo, guarda con todo celo mucha documentación del inmarcesible Caudillo que gobernó dicen que sabiamente lo que en realidad fue, en el terreno internacional, un Estado cipayo.

Este calificativo no es mío: lo utilizaron personas tan dispares como el teniente general Manuel Gutiérrez Mellado y el embajador Carlos Fernández Espeso. Siempre que puedo identifico a los autores, que tuvieron mucho más experiencia que servidor en corregir las “glorias” de tan excelsa y única personalidad.

Este post no podría eludir un ejemplo de referencia ad personam que me ha proporcionado  hace poco más de una semana uno de los amables lectores. En youtube cualquiera que se precie puede encontrar un programita en la cual uno de esos profesores del CEU alude a mi modesta persona de forma tal que pareciera que somos conocidos íntimos. Porque tan distinguido autor me califica nada menos de “senil” e involucra también a mi familia.

Con la mano sobre el corazón, puedo asegurar que tal característica no responde a la realidad constatable. Investigar en una amplia gama de archivos españoles y extranjeros a una edad otrora considerada como provecta demuestra más bien lo contrario.  Que yo sepa, solo nos hemos visto una vez y en público en los alrededores de Madrid, delante de un auditorio ante el cual, eso sí, me sentí en la ingrata obligación de ponerlo en ridículo. En los 32 años que mi familia y servidor hemos vivido en Bélgica, Estados Unidos, Inglaterra y Escocia es imposible que se haya topado con nosotros.

El lector observará que, congruente con mi actitud, ni siquiera menciono su nombre. Basta con decir que compadezco sinceramente a todos los alumnos que pasen por sus manos y que hago extensiva a sus respectivos padres, caso de que crean que sus retoños reciben una gran educación en Historia.

También aprovecho este post para hacer pública una sugerencia a la FNFF con la cual he terminado más o menos mi próximo libro: que ofrezca becas a las huestes de jóvenes graduados en Historia (y que quizá hayan pasado por las aulas en que diserta tan ilustre historiador) para que exploren los archivos moscovitas, ya que no lo ha hecho uno de sus mentores, el por algunos tan alabado y benemérito profesor Stanley G. Payne. Tal vez en un no distante futuro nos regalen con sus rompedores descubrimientos sobre el pilar básico de la interpretación franquista del pasado español: que la guerra civil fue absolutamente necesaria para prevenir una sublevación comunista que hubiese entregado a nuestra amada PATRIA a las garras estalinistas. Como implicaron los excelentísimos y reverendísimos señores Obispos en su carta colectiva, gracias al 18 de julio no solo se salvó la España católica e inmortal sino, con su imperecedero sacrificio, incluso la civilización cristiana. No extraña que haya gente, -y monjes de Cuelgamuros- que sigan entonando las preces correspondientes en honor de quien blandió triunfalmente la espada del Cristo de la Victoria.

P.S. No suelo leer lo que la FNFF publica en la red  (pecado que confieso haciendo el acto de contrición adecuado). Sin embargo, no me resisto a traer a colación  un reciente artículo que, quizá, no republicará la tan en ciertos círculos prestigiosa institución. A saber

https://www.publico.es/politica/vox-franquismo-son-vinculos-vicepresidente-vox-fundacion-francisco-franco.html

Es más: si así lo hace, ¿lo desmentirá?, ¿no lo desmentirá? En cualquier caso el “desmentizador” que lo desmienta buen “desmentizador” será.