Un juicio que acabará en Europa. Las cancillerías europeas no moverán un dedo mientras los líderes del ‘procés’ hablen de independencia. Andreu Claret. El Periodico de Catalunya

La última esperanza del independentismo es que el juicio del ‘procés’ que comienza este martes en el Tribunal Supremo acabe dirimiéndose en Europa. Es una expectativa razonable, porque para esto está el  Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TDHE) con sede en Estrasburgo. Y porque hay un antecedente singular, el de la sentencia favorable a Otegi en su recusación de una magistrada. Sin embargo, teniendo en cuenta que el Supremo actuará con extrema cautela, para evitar pillarse los dedos en cuestiones de forma, todo dependerá, en mi opinión, de la estrategia política que escojan los acusados y sus defensas. Si se centran en rebatir los cargos de rebelión y sedición, pueden ganarse parte de la opinión púbica europea. Si se envuelven en el mantra del ‘procés’, según el cual esto va de democracia y de un derecho universal de autodeterminación que no reconoce ningún país del continente, ocurrirá como ha ocurrido hasta ahora, que Europa mirará para otro lado.

Nada hay que atormente tanto a los independentistas catalanes como la actitud de los europeos: ¿Si nuestra causa va de derechos y libertades, por qué no están de nuestra lado? ¿Cómo se explica que el TDHE y el Consejo de Europa hayan recibido a Pedro Sánchez, en puertas del juicio? Ante la imposibilidad de explicarlo, algunos especulaban, en Twitter, que era para cantarle las cuarenta entre bambalinas. Más hábil, Alonso Cuevillas y otros hablaron de excusatio non petita, accusatio manifesta. No hubo munición para más, ni siquiera como la que proporcionó la líder de los Verdes, Ska Keller, cuando le pidió al presidente del Gobierno que buscara una solución política al conflicto catalán, durante su reciente visita al Parlamento europeo. Ante tanta incomprensión por parte de la Unión Europea, algunos gurús del ‘procés’ sugieren dejarse de tonterías y buscar aliados donde los haya. Aunque sea en la Rusia de Putin o el Israel de Netanyahu.

Si las defensas se centran en la rebelión y la sedición pueden sembrar dudas en el continente

El problema es que, desde que nos constituimos en Marca Hispánica, para Catalunya todo pasa por Europa. Todo lo demás está muy bien para complicarle la vida a Borrell, pero ni los apoyos de Ai Weiwei Chomsky, ni las declaraciones de algunos premios Nobel, ni los chistes de Maduro, ni siquiera el tímido gesto del presidente de Eslovenia son suficientes para ganar la batalla internacional. Pujol siempre lo tuvo presente. En Europa, las cosas serias se sustancian en Berlín y en París. Añadamos Estrasburgo, que por algo está en la frontera entre los dos países.

En las cancillerías europeas, no creen que este conflicto vaya de democracia, por mucho que les disgustara la violencia del 1 de octubre. Con sus declaraciones, los líderes del ‘procés’ les recuerdan cada día que va de independencia. Y mientras sea así, no moverán un dedo. Sobre todo si no se abandonan procedimientos expeditivos que Europa aborrece porque le traen recuerdos aciagos que Puigdemont ha vuelto a desempolvar asegurando que la república está proclamada y bien proclamada. Tuve la ocasión de decírselo a él y a Raül Romeva cuando nos consultaron a algunos sobre la actitud que iban a tener los europeos con las leyes de excepción. Respondí que si bien habían visto (hasta entonces) con cierta simpatía la idea de Let Catalans Vote (‘Dejen votar a los catalanes’, sin entrar en detalles sobre el qué y el cómo), verían con malos ojos las leyes que iban a ser llevadas al Parlament. Así fue.

Este es el nudo que ha impedido al independentismo ganar adeptos en Europa y si los procesados se empeñan en seguir por este camino solo convencerán a sus allegados. “¿Y el derecho de autodeterminación?”, claman algunos, sin percatarse de que cuanto más hablan de él, más se les cierran las puertas de los países del continente que no lo tienen establecido en sus constituciones y no lo quieren para sí mismos. Por el contrario, si las defensas se centran en los supuestos delitos de rebelión y sedición, no sé si convencerán a los jueces del Supremo, pero como mínimo sembrarán la duda entre medios de comunicación internacionales, entre sectores influyentes de la opinión pública europea y, por qué no, entre quienes tengan que dirimir, en el futuro, sobre si la actuación de los tribunales españoles está fundamentada de acuerdo al derecho europeo. Comprendo que la tentación, para quienes llevan más de un año en la cárcel, sea levantarse y decir “¡Yo acuso!”, mirando a los representantes del Estado, en vez de mirar hacia Europa. Puede que para una parroquia algo alicaída sea beneficioso. Para el Tribunal Supremo no parece la mejor estrategia. Y para hacer amigos en el mundo, es la peor.

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