Una propuesta de Jose Luís Ávarez en El País y tres respuestas desde Cataluña

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“Se publican a diario decenas de artículos interesantes y es imposible leerlos todos con atención. Hay textos, sin embargo, que te atrapan de inmediato. Artículos que tienen un brillo cordial, como la mirada de un buen amigo. Artículos inquietantes, con el brillo metálico de una fría inteligencia. Y artículos implacables que avisan de lo que puede venir, con el brillo del miedo en la mirada. En esta última carpeta guardaría un reciente texto del profesor José Luís Álvarez en El País.

Álvarez, doctor en Sociología por Harvard, antiguo profesor de Esade en Barcelona, autor de espléndidos artículos sobre el liderazgo político, algunos de ellos publicados en La Vanguardia , actualmente docente del Insead en Fointaneblau y Singapur, defiende la “confrontación máxima” en Catalunya como única vía para impedir la independencia en un plazo relativamente corto de tiempo –cinco años–, como consecuencia de la decantación demográfica. Esta es su tesis: “La oportunidad [de la independencia] será en unos cinco años, cuando hayan fallecido la mayoría de los llegados a Catalunya en los años cincuenta y sesenta. Entonces el independentismo superaría el 50%, incluso podría llegar al 60-65%. Si se han sentido tan amos como para montar un golpe con menos del 50%, es imaginable que harán con más. El ritmo maoísta de Jordi Pujoltendría un final leninista: un pequeño empuje sería suficiente. Europa con esos porcentajes ya no bloquearía la secesión”.

El exprofesor de Esade cree que los actuales dirigentes soberanistas han violentado con sus prisas y sus peleas domésticas un plan perfectamente trazado. “La falta de sangre fría de los sucesores de Pujol ha estropeado el timing previsto. No han estado a su altura. Han revelado debilidades. La mayor es la aversión de sus clases medias a las consecuencias económicas de un conflicto intenso. (…) Por ello, los independentistas inteligentes sugieren una legislatura “técnica” [reciente propuesta de Andreu Mas-Colell ], relajar la confrontación, recuperar el ritmo lento. Y cuando llegue el momento demográfico volver a intentarlo, porque siguen disponiendo de los recursos que Pujol construyó, y porque no soportan la herida narcisista de haber perdido, otra vez”. “Conflicto máximo” ante una secesión casi inevitable. Incrementar la tensión política y social en Catalunya, ahora mismo, para bloquear la posibilidad de una inteligente relajación táctica de la situación. Poca veces había leído un artículo tan descarnado. El profesor Álvarez admira a Pujol –“junto con Felipe González , el político ibérico más brillante del siglo XX”– y teme el triunfo postrero de su astucia estratégica: “Esperar el declive demográfico y cultural de “los otros catalanes” para consolidar la supremacía de “los de casa”. Avivar el conflicto antes de que sea demasiado tarde, sugiere José Luis Álvarez. ¿Cómo? Excavando trincheras en el interior de las escuelas. Así dibuja su plan de combate el profesor de Fointanebleau: “Existe una batalla que sorprenderá a los soberanistas, que piensan que el constitucionalismo no se atreverá a ello. Se aplica a su centro de gravedad. Es tan decisiva que los independentistas no tendrán más remedio que acudir al envite, emplear todos sus recursos, luchar hasta el final, unidos, contando con un PNV que se pondrá “estupendo”. Pueden ganar, pero si pierden agotarán su voluntad y sus recursos. Es la confrontación máxima, concentrada, final. Esta batalla es llevar una reforma constitucional que cancele la inmersión lingüística educativa en una sola lengua. Si el constituciona­lismo no se atreve a plantearla, ahora, Cataluña será independiente, cuanto ‘toque’, que diría Pujol”.

Leí el artículo de Álvarez el jueves por la mañana en el AVE Madrid-Sevilla, mientras me dirigía a la capital andaluza para participar en un debate sobre la cuestión de Catalunya con el expresidente andaluz José Rodríguez de la Borbolla . Me quedé algo atónito. Conozco al autor y he admirado algunos de sus textos sobre el liderazgo político. Me atrapó la crudeza de su relato y la articulación intelectual del diagnóstico. Me inquietó la frialdad moral con que sugiere al Estado la promoción de un “conflicto máximo”, y la terrible dimensión agónica de su propuesta: ¡encended Catalunya antes de que sea demasiado tarde! Comparé el texto de Álvarez, con un reciente artículo del académico Francisco Rico en el mismo periódico, en el que se defendía, en tono mordaz, todo lo contrario: en Catalunya no ha ocurrido nada que verdaderamente nos deba inquietar. “Los votos independentistas –escribía Rico hace un par de semanas– expresan un ideal puramente teórico a sabiendas de que nunca se realizará”.

Durante el viaje ocurrieron dos cosas. En el patio de colegio de Twitter,Antonio Baños , exdiputado de la CUP y tertuliano saltarín, un personaje que tendría cabida en las primeras novelas de Eduardo Mendoza , cometió la bajeza de ridiculizar el habla andaluza, con el propósito de escarnecer el debate sobre Catalunya que iba a tener lugar en Sevilla. Este señor ha sido portavoz de una entidad soberanista que se llama Súmate, teóricamente orientada a ganar adeptos entre la población castellanohablante de Catalunya.

Cuando el tren dejaba atrás Córdoba, empezaron a saltar informaciones que atribuían al Gobierno de Mariano Rajoy la firme intención de modificar el modelo escolar catalán con ayuda del 155. Pensé en una posible sincronización entre Álvarez y Moncloa, que desestimé de inmediato. Los engranajes ocultos raras veces se exhiben. La coincidencia más bien obedece a ese fenómeno que los alemanes denominan el “espíritu del tiempo”. Zeitgeist : el clima intelectual y cultural de una época. Nunca había leído un artículo tan pesimista sobre la continuidad de España”.

http://www.lavanguardia.com/opinion/20180218/44870404762/la-escuela-la-ultima-trinchera.html

 

“No soy independentista, pero…”. La Vanguardia

Joan de Sagarra.

El viernes (16 de febrero), el diario El País publicaba un artículo de José Luis Álvarez, doctor en ­Sociología por la Universidad de Harvard y profesor de INSEAD (Fontainebleau–Singapour). El artículo (“ Els de casa frente a els de fora”) sostiene que “para desactivar el independentismo catalán es necesaria una reforma de la Constitución que cancele la inmersión lingüística educa­tiva en una sola lengua. El Estado –afirma el articulista– debe atreverse a hacerlo ahora o Cataluña se separará en un futuro de Es­paña”.

El profesor Álvarez inicia su artículo elogiando al president Jordi Pujol. “El secesionismo dispone de una estrategia espléndida, diseñada por el político ibérico, con Felipe González, más brillante de todo el siglo XX: Jordi Pujol. Ninguna de sus di­visiones actuales, escribe el pro­fesor, quiebra la hegemonía que Pujol construyó”. Acto seguido, el profesor sostiene que el objetivo de Pujol no era la fusión de los dos pueblos, els de casa y els de fora (la clase obrera fruto de la inmi­gración española). Su objetivo era “esperar al declive demográfico y cultural de los otros catalanes para consolidar la supremacía de els de casa. Una estrategia de décadas. Que “Cataluña, un solo pueblo” ­pasara a ser el lema del catalanismo fue precisamente para ocultar el objetivo: dos pueblos desiguales”.

Para lograrlo, escribe el profesor, “Pujol desarrolló tres políticas que sostuvieran su larga marcha”, la tercera de las cuales no es otra que la inmersión educativa en catalán, que no existe para integrar sino “para señalar que la mitad del país impone su supremacía”. “La inmersión es un pivote estratégico: conseguida, da todo lo demás porque ablanda la identidad de los inmigrantes”. Y cuando hayan fallecido la mayoría de los llegados a Catalunya en los años cincuenta y sesenta, “entonces el independentismo superaría el 50% de los votos, incluso podría llegar al 60- 65%. Y si se han sentido tan amos como para montar un golpe con menos del 50% de la población”, escribe el profesor, “es imaginable lo que harán con más. El ritmo maoísta de Pujol tendría un final leninista: un pequeño empuje sería suficiente. Europa, con esos porcentajes, ya no bloquearía la secesión (hipótesis verosímil)”.

Ignoro si el Gobierno del señor Rajoy y la cúpula de Ciudadanos comparten el análisis del profesor Álvarez sobre la estrategia desarrollada en su día por el revolucionario “maoísta” Jordi Pujol. Por lo que a mí respecta, el análisis se me antoja un tanto surrealista, amén de que no comparto la afirmación del profesor cuando atribuye el invento de la inmersión lingüística al president Pujol ( La Vanguardia, en su sensata editorial de ayer, ya dejó claro que la inmersión lingüística no era un proyecto del nacionalismo de Pujol, sino “del socialismo catalán y, en concreto, del movimiento de renovación escolar Rosa Sensat, en vanguardia pedagógica en los años de la transición”). Pero, tanto si el PP como Ciudadanos comparten o no el análisis del profesor Álvarez, estimo que la posible cancelación de la inmersión lingüística educa­tiva en una sola lengua, el catalán, aplicando el 155 o reformando la Constitución, es un disparate político de consecuencias imprevisibles.

Una maestra da clases a un grupo de escolares en un colegio catalán

Una maestra da clases a un grupo de escolares en un colegio catalán (Agustí Ensesa)

La inmersión lingüística, en los 30 años que lleva funcionando, ha conseguido óptimos resultados. ¿Que habría que revisarla? Claro que sí. Hay cosas que mejorar y defectos que subsanar. Pero, que yo sepa, no constituye ningún problema para la sociedad catalana, más bien todo lo contrario. En cuanto al independentismo, pienso que su cancelación por el gobierno de Madrid no haría más que acrecentarlo. Como las porras del 1-O o el sustituir la política por los tribunales.

La lengua es un tema muy sensible y los catalanes que hemos vivido los años del franquismo somos muy conscientes de ello. Yo fui educado en castellano (San Ignacio, los jesuitas de Sarrià). El catalán, como lengua, como asignatura, al igual que el latín, el griego, el inglés y el francés, no existía en mi colegio. Era la lengua de mis padres, de casa, de mi barrio, pero no existía como tal en mi colegio. En mi colegio jamás me hablaron de Verdaguer, del Verdaguer de En defensa pròpia, que yo leía en casa, ni de Carner ni de Pla. En el patio de recreo me permitían hablar en catalán con mis compañeros catalanes, con Xavier Rubert de Ventós, con Josep Pericot, con Ramon Mullerat, con Manel de Solà-Morales…, pero al regresar a la brigada (la legión de Loyola) el único idioma era el castellano.

El año 1955, en la promulgación de dignidades, se produjo un hecho insólito: me tocó recitar un fragmento de El poema de Nadal de mi padre en presencia del mismo. ¿Un obsequio del padre rector al autor de La ferida lluminosa, estrenada unos meses antes en el Romea? Podría ser. ¿Cuál fue la reacción de mis compañeros? Dos de ellos, de familias cata­lanas pero que se expresaban en castellano, censuraron el hecho. ¡Recitar un poema en catalán, qué ridiculez! Pero otro compañero, Ignacio de Olano, de padre vasco y madre catalana, una Fontcuberta, que no hablaba el catalán, no sólo lo aprobó sino que se mostró partidario de que los “padres” nos enseñasen algo de esa lengua y de sus escritores.

Yo no soy independentista. Pero si se cargan la inmersión lingüística, me lo pensaré.

P.S. La Biblioteca la Bòbila (l’Hospitalet) rinde homenaje al “especialista cinematogràfic” Javier Coma, que nos dejó hace un año con cuatro pelis que muestran los es­tragos que el senador McCarthy causó en Hollywood movido por su delirante lucha anticomunista: La tapadera, Caza de brujas, Trumbo (23 de febrero) y Buenas noches, ­buena suerte (2 de marzo). Proyecciones a las 18 h. Entrada libre.

http://www.lavanguardia.com/edicion-impresa/20180218/44870833451/no-soy-independentista-pero.html

 

Mini-Crónicas catalanas/71
¡ES LA GUERRA, MAS MADERA! Groucho nunca dijo exactamente esto, pero que más da. El caso es que la frase se hizo célebre desde que la película Los Hermanos Marx en el Oeste se estrenó en Madrid, en 1944. Fue la de Dios, porqué aquel año todo hacia pensar que el régimen tenia los días contados y el público tenia ganas de alboroto. Como todo el mundo sabe, las risas se helaron cuando Franco se bajó los pantalones ante los norteamericanos, aplastó a los guerrilleros del Valle de Aran y sobrevivió. No viene mal recordar aquellos tiempos para hablar de la pretensión de Rajoy de entremeterse en la política educativa catalana. Como si Catalunya tuviera también los días contados, y aprovechando que el 155 pasa por Valladolid y que el Parlament está pendiente de Bruselas, el gobierno ha amagado con fomentar que los padres escolaricen a los niños en castellano el próximo curso. Un torpedo en la línea de flotación del modelo lingüístico vigente desde hace más de tres décadas. ¿No queríais derecho a decidir? Pues dos tazas, exclaman desde el ministerio, luciendo competencias. La insinuación tiene mucho de demagogia electoral pero lo importante es hacer creer que la locomotora puede funcionar aunque se haya acabado la madera. Quememos los tablones de los vagones. ¡Es la guerra, más madera! Aunque destrocemos el convoy todo terminará bien, con los malvados en el rio y el tren a toda hostia ¿Seguro? ¿No habíamos quedado en que lo que hacia falta era recoser? Unir. Calmar las aguas ¿Se consigue esto dividiendo a los niños y la niñas por la lengua? ¿Cómo se hará? ¿Por centros o por barrios? ¿Por la procedencia? ¿Cual es el objetivo: hacer que el castellano sea hegemónico en Tabarnia? En el mejor de los casos es un error. En el peor, una barbaridad. Si descuajaringan la escuela catalana, como hacen los Hermanos Marx con el tren, dudo que el final sea tan feliz como en la película. Habrá fractura para siempre. Cronificada. Con dos culpables: quienes pretenden ahora cambiar un modelo que funciona, y funciona bien, y quienes han partido por la mitad la sociedad catalana haciendo verosímil semejante disparate. (En la versión inglesa, Groucho se limita a pedir: madera! madera!, pero la traducción añade lo de la guerra. Aquí, por la guerra quemamos lo que sea, incluso las naves).

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