“Uno y otro”, Javier Aristu. en campo abierto

Por Javier ARISTU

Hacía casi treinta años que no concedía entrevistas a ese diario, El Mundo, según nos dice al comienzo la entrevistadora, Lucía Méndez. Alfonso Guerra ha aceptado hablar con ese periódico tras tres décadas condenándolo. Uno se pregunta si la venta de su último libro y la necesidad de publicitarlo pueden estar en la base de esa extraordinaria decisión del expolítico andaluz. Puede que esta sea la causa, o bien aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, arremeter contra Pedro Sánchez blandiendo un acérrimo españolismo que su luminaria machadiana le afearía en estos tiempos.

Alfonso Guerra es personaje de diversas caras. Nunca he tenido con él conversaciones de más de diez minutos, lo he tratado, poco y de forma discontinua, desde hace ya la friolera de cincuenta años. Otros lo han tratado más y han escrito de él…de todo, lo bueno y especialmente lo malo.

Uno de esos que más se han ensañado con Guerra es otro que nunca presumió de modestia, Jorge Semprún. En su extraño, personalista y a veces infumable libro entre novela y memoria titulado Federico Sánchez se despide de ustedesdice cosas de este tenor: «La idea que Guerra quería dar de sí mismo en las innumerables entrevistas, a veces largas, prolijas, que concedía regularmente a los medios de comunicación, siempre me ha parecido insoportable. Llena de suficiencia, de megalomanía, de intelectualismo kitsch, de donjuanismo andaluz de la más vulgar especie». No sigo porque la cita es larga y repleta de apelativos y desprecios. Semprún no se ha caracterizado por tratar bien a los que fueron sus adversarios, llámense Carrillo o Guerra, y demasiado bien a los que fueran sus amigos, llámense Claudín o González. Vamos, que espíritu crítico y ecuánime no ha sido virtud del clandestino héroe de los años cincuenta.

Vamos a la entrevista de Guerra por Lucía Méndez, a la parte que me ha motivado a redactar estas líneas. Es la que se refiere al actual PSOE dirigido por Pedro Sánchez y la visión que tiene Alfonso Guerra del mismo, de ese partido y de ese dirigente.

Cuando Lucía Méndez le pregunta cómo ve Guerra al actual PSOE la respuesta es clara y directa. Citamos: «Muy diferente, ha cambiado de una manera impresionante. Dicen que es el nuevo PSOE, yo creo que es otro PSOE.». Nuevo, otro; dos términos que marcan una diferencia cualitativa. ¿Qué significa ser “nuevo” y qué significa ser “otro”? La cuestión es de calado aunque parezca una tontería. No es lo mismo “renovarse” (ser ‘nuevo’) que “cambiar de sustancia” (ser ‘otro’). Lo que con palabras está declarando Guerra son lanzas para una contienda interna que estallará más pronto que tarde dentro de esa organización. Se trata de construir el relato de que Pedro Sánchez “ya no es parte de la historia del PSOE de Suresnes” sino que representa otro modelo de partido y de política que poco tiene que ver con la de los últimos cuarenta años. Toda una cartilla de argumentos para Susana Díaz, lista para el combate.

La distinción entre “nuevo” y “otro” es decisiva y, en cierto modo, está en las entrañas de la cultura política de ese partido. Si el lector me perdona la inmodestia algo de eso escribí no hace mucho en mi libro El oficio de resistir. Miradas de la izquierda en Andalucía en los años sesenta (ed. Comares, 2017). En el mismo hablo poco del PSOE, de Guerra o de González, entre otras cosas porque entonces, años sesenta, no existían como organización política de resistencia o de lucha contra Franco. No pasa nada, otros llegaron aún más tarde y nos están dando lecciones de transiciones y regímenes. Cada uno es dueño de sus acciones y de sus ausencias. Dedico, sin embargo, todo un capítulo, precisamente el último, al PSOE andaluz de aquellos tiempos, el de González y Guerra, y mantengo ahí la tesis de que Suresnes, el congreso en que salió elegido González como primer secretario, supone la creación de “otro partido” diferente al que había dirigido hasta entonces desde Toulouse Rodolfo llopis y que era la extensión del histórico partido de Largo Caballero y Prieto. En Suresnes, en los años setenta, González, Guerra y otros pocos dan a luz un modelo de partido que manteniendo siglas y santoral tradicional (Iglesias, Besteiro, de los Ríos, Prieto, Largo…nunca Negrín, ¡vade reto!) es en su naturaleza y en su forma de ser “otro” distinto al histórico. Digo literalmente: «…hablamos de implantación de un injerto desde fuera que llega a sustituir al original […] se trataría de la constitución de una organización y de una cultura política completamente nuevas, con muy poca relación con el histórico PSOE». Dejémoslo aquí aunque la argumentación se despliega en más líneas.

Creo que, efectivamente, Suresnes no es la continuidad renovada del viejo PSOE, no es ningún proceso de renovación porque casi no existía ese partido salvo en sus escasos grupos del exilio; se trata de una auténtica fecundación casi de la nada de una fuerza política a partir de un reducido grupo de jóvenes dirigentes…y de una fuerte financiación y apoyo de la socialdemocracia alemana vía la fundación alemana Friedrich Ebert. El PSOE se inventa entre 1974 (no olvidemos que es el año de la revolución de los claveles de Portugal) y 1977. Lo que parecía ser una “renovación” del viejo partido histórico de Llopis llegó a ser “otro partido” en 1977. Aquello fue así y al margen de valoraciones nostálgicas o melancólicas ese proceso ha dado sentido a la España de la Transición y de la democracia. Seamos justos.

Por eso Alfonso Guerra yerra cuando trata de mantener, como si de una forma conservada en arcanfol se tratara, “su viejo partido” de aquellos años. Aquel partido de los años 80 del pasado siglo, los años de gloria, hace ya mucho que no existe. Susana Díaz, su proyecto político –si lo tuviera– no tiene nada que ver con el de los jóvenes socialistas de aquellas décadas. ¿Qué tiene que ver la forma de ver la política de un Javier Solana con la de una Verónica Pérez? ¿Cuál es la relación cultural de un Luis Gómez llorente con la de un Mario Jiménez? Se trata de paradigmas conceptuales y políticos completamente distintos; no valoro ni expreso preferencias, posiblemente no las tengo, simplemente distingo.

Por eso es profundamente extraño y sorprendente que los Felipe González, Alfonso Guerra o José Rodríguez de la Borbolla —tan distintos y opuestos entre sí— se empeñen en seguir prestando apoyo y sustento político-ideológico a Susana Díaz y a su concepción político-partidaria. Susana Díaz es “otro” partido muy distinto al de Chaves, aquel de los años 90. El partido que hoy dirige la sevillana ha surgido de los agotamientos y derrumbes del PSOE de las crisis sociales y económicas de estos últimos años. La derrota del partido de Zapatero en 2011 fue algo más que la derrota electoral: simboliza el final de una época y el final de un partido montado sobre conceptos y culturas que ya están en trance de desaparecer. Pedro Sánchez es la personificación de ese afán por superar la agonía; no sé si lo conseguirá y si los viejos dinosaurios y los errores de gobierno le permitirán continuar. Ya lo derribaron una vez y seguramente lo intentarán de nuevo. No creo que Pedro Sánchez sea precisamente la expresión del nuevo y pendiente modelo de políticos de izquierda o como se venga a llamar en el futuro esa forma de pensar el mundo; creo que será engullido, como ha ocurrido con otros, por estos tiempos alarmantemente acelerados, pero de lo que sí estoy seguro es que el tiempo de los dinosaurios  acabó hace más tiempo.

Del españolismo de Alfonso Guerra y otros de esa generación política hablaremos en otro momento. Hay tela que cortar.

Uno y Otro