“Valle-Inclan” de Luis García Montero, en infoLibre

Valle-Inclan

“Toda vida es una obra de ficción, un conjunto de invenciones que se teje con los hilos de la realidad. Somos y nos interpretamos, pensamos y construimos un mundo con nuestras ideas, recordamos y convertimos la memoria en una negociación con lo posible, sentimos y edificamos un teatro de pensamientos y recuerdos para darnos sentidos.

Los escritores saben que un yo biográfico no es lo mismo que el personaje literario que habita en sus confesiones. Las personas saben que presentarse en público implica la estrategia de una representación. Y me parece un saber afortunado, porque el mundo sería mucho peor sin un poco de falsa modestia, fingida bondad o forzada educación. Suele resultar terrible la autosuficiencia a cara descubierta. Es temible la crueldad cuando se quita la máscara de la civilización.

Al hablar de sí mismo, Valle-Inclán hizo lo que todas las personas. Pero hay que admitir que exageró de una forma maravillosa. Fue un maestro de la teatralización y empezó por él mismo. Así lo demuestra la admirable biografía La espada y la palabra. Vida de Valle-Inclán (Tusquets, 2015), publicada por Manuel Alberca. Su trabajo minucioso permite desmontar muchas leyendas extendidas por el autor, sus amigos y sus críticos. Nos permite también conocer la realidad histórica de unos de los escritores españoles más admirables del siglo XX.

Feo, católico, sentimental, absurdo, brillante, a veces hambriento, muchas veces acomodado, pendenciero, orgulloso, rey de tertulias y de duelos, de la espada y la palabra, buen padre, ciudadano extravagante, genial escritor, susceptible, injusto, precipitado, bohemio sin abismos, trabajador infatigable, serio al llevar las cuentas de su casa, cargado de contradicciones, elaborador de su propia fábula: don Ramón María del Valle-Inclán.

Quien exagera más de la cuenta a la hora de fabricar su propio personaje corre el peligro de que la realidad pase factura de un modo cruel. Una derrota es asumible, incluso puede ser una condecoración digna, siempre que el disparo no provenga de los sueños personales, del bando propio. Valle-Inclán se quedó manco por un bastonazo en una pelea sórdida de café, una estupidez suya y de Manuel Bueno. La vida hubiese contribuido a su leyenda haciéndole perder el brazo en una batalla, un duelo o una aventura con fieras en una selva americana. La desgracia no fue quedarse sin brazo, sino sacrificarlo en una historia estúpida, poco digna, un dolor que humillaba en vez de engrandecer el corazón…”

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