Vivir en tiempos de Stalin, entre el terror y la utopía. Pablo Stefanoni y Martin Baña. La Nación

5 de octubre de 2019  

«La vida ha mejorado, camaradas. La vida se ha vuelto más alegre». La frase fue pronunciada por  Stalin en 1935, cuando ya se había deshecho de todas las fracciones hostiles dentro del Partido Comunista, pero todavía se preparaba para escenificar esa victoria con los grandes procesos de Moscú. Lo cierto es que más allá de los discutibles niveles de bienestar y felicidad, la vida cotidiana en la Unión Soviética se vio atravesada por profundas transformaciones urbanas, sociales y culturales en las que se combinaron, como pocas veces en la historia, dosis similares de utopía y de terror. «Nacimos para hacer realidad los cuentos de hadas», rezaba «Siempre más arriba», una canción con ritmo de marcha. En ella se sintetizaba el clima de los años treinta, cuando emergieron los grandes proyectos para que Rusia saliera definitivamente del «atraso» y, paso siguiente, alcanzara y superara al mundo capitalista.

Fue una época en la que mientras héroes, aventuras, récords y hazañas capturaban la imaginación de los soviéticos, la vieja guardia bolchevique desaparecía o, en el mejor de los casos, poblaba los campos de trabajos forzados. Por eso, este período atrae la atención de un creciente número de trabajos historiográficos que se benefician de uno de los efectos más beneficiosos de la disolución de la URSS en 1991: la apertura de sus archivos.

Crédito: Ricardo Pristupluk

Ávidos de nuevos documentos, y munidos de nuevas herramientas teóricas, los historiadores se dirigieron al período más polémico de la historia soviética: el estalinismo, especialmente el de los años 30. El recién publicado La vida cotidiana durante el estalinismo (Siglo XXI, 2019), de la reconocida sovietóloga Sheila Fitzpatrick, se suma a otros libros ineludibles como Terror y utopía. Moscú en 1937 del historiador Karl Schlögel (Acantilado, 2014), que aborda un año decisivo en la vida soviética de un modo tan original como sugerente. Las fuentes del libro de Schlögel son tan variadas como decretos oficiales, la novela El maestro y Margarita -un relato de realismo mágico ruso escrito por Mikhaíl Bulgákov- o el directorio telefónico Todo Moscú. Construido como una suma de fragmentos que buscan reponer la totalidad de la realidad histórica, Terror y utopía se suma a los estudios que sitúan a la Unión Soviética en el contexto más amplio del sistema del mundo y que explican cómo este condicionó su desempeño tanto interno como externo. En ese sentido, la historia de Moscú de 1937 -y la de toda la Unión Soviética– es parte de la europea y no una mera anomalía de la historia. Basta repasar los capítulos dedicados al cine, a la música, a la arquitectura o a la industria automotriz para entender el grado de integración que había entre el país de los soviets y el resto del mundo.

Como muestra Fitzpatrick en La vida cotidiana durante el estalinismo, un nuevo orden convivió con el caos periódico, viejas jerarquías fueron derribadas y se construyeron otras nuevas. Millones de personas cambiaron de ocupación y lugar de residencias (y algunos hasta de apellidos incómodos), y los viejos y «supersticiosos» valores fueron reemplazados por nuevas creencias destinadas a reformatear el alma humana. Nuevas élites reemplazaron a las viejas. El control estatal de ese mundo en transformación resultó tan buscado como esquivo. En ese sentido, una revista satírica como Krokodil puede convertirse en una fuente imprescindible para entender cómo los soviéticos ironizaron sobre las falencias y abusos de una burocracia que ya era omnipresente en la vida soviética. Los chistes de los años treinta, apunta Fitzpatrick, versaban menos sobre sexo, suegras y rasgos étnicos que sobre burócratas, el Partido Comunista y la policía secreta.

El libro de Schlögel y el de Fitzpatrick comparten la idea de que fue el estalinismo -y no la Revolución de 1917– el que modernizó Rusia. Es posible rastrear en ellos no solo los paralelos o las discontinuidades respecto de la modernidad occidental sino también las mutuas apreciaciones e interacciones producidas a través de las fronteras. Y a su vez, rescatar las dimensiones sociales, económicas y estéticas de la modernidad soviética, dejando de lado las posiciones que se centraban únicamente en el Estado. Así conviven los récords aeronáuticos, la épica conquista del Ártico y la construcción del gran subterráneo de Moscú con el art déco y el jazz soviético, «el sonido de la década de 1930». Las publicidades de delivery de helado, con solo llamar al teléfono K-I-56-88 del café Arktika, el resurgimiento de restaurantes, y las nuevas fuentes de ocio marchaban en paralelo a la consolidación de nuevos privilegios y líneas de demarcación social. La imagen de ascetismo proletario fue reemplazada por una de bienestar, y hasta de lujo, que podían alcanzar quienes lo merecieran; en caso contrario, le esperaban las colas y la escasez crónica de productos.

En estos años, las epopeyas -seguidas en vivo por la población gracias a las nuevas tecnologías, como ocurría con las temerarias misiones al Polo Norte- convivían en la prensa con las noticias sobre los procesos contra «la banda de asesinos trotskistas o bukharinistas», o contra diversos «saboteadores». Los mayores triunfos de la aviación soviética coincidieron con grandes purgas y cazas de brujas contra los propios técnicos, ingenieros y armadores, como le ocurrió al genial constructor de aviones Andréi Túpolev, que logró sobrevivir, y otros cientos que no lo consiguieron. Mientras el país conquistaba el tiempo y el espacio, la maquinaria de muerte funcionaba a todo tren. Y así, de la mano de Stalin, la Unión Soviética entraba a la modernidad reactualizando modos y figuras jerárquicas de la vieja Rusia.

LA VIDA COTIDIANA DURANTE EL ESTALINISMO

Sheila Fitzpatrick, Siglo XXI

Trad.: Ana Bello

376 págs., $ 999

Crédito: Ricardo Pristupluk

TERROR Y UTOPÍA

Karl Schlögel, Acantilado

Trad.: J.A. Campos

1008 págs., $ 4940

Crédito: Ricardo Pristupluk
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